Javier Durán
Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).
sobre este blog
Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.
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La montaña rusa
Publicado: 13/05/2013
El landismo o los españoles en su fatigada travesía hacia la libertad individual, preñados y atribulados por cientos de represiones. La muerte de Alfredo Landa es la revisión del otro nacional: el olor a col guisada que invade el hueco de escalera y el vecino que se asoma, desbordado de carácter, para gritar su autosuficiencia frente a Europa. Mientras en Alemania, en la BMW, hombres de mono impoluto controlan la tecnología que diagnostica los motores, aquí el mecánico de la película hace ruidos con la garganta para acordar por teléfono con el cliente qué avería tiene el haiga. “¿Cómo es? Brum… Brum… o Brummmm… Bromm. Pues entonces es el carburador”. Enterramos al actor con el escalofrío del tiempo pasado echando su hálito guerrero sobre el cogote: desde el señorito Juan Diego, estela de la sangría caciquil, que pide a su criada que garabatee unas letras ante sus invitados extranjeros para demostrar que en España no hay analfabetos piojosos, hasta el café que montó Garci con poetas hambrientos, mutilados de guerra y un baño en el que se meaba y se compraban los libros prohibidos por la censura. Igual que la filosofía tiene a Nietzsche para repostar en los abrevaderos del superhombre, la paella patria tiene a Landa y a sus directores para encender la luz del espejo y constatar cómo va el experimento. ¿O me van a decir ustedes que no es landismo el principio del ciudadano Sigfrid Soria? “Si un perroflauta agrede a uno de mis hijas le arranco la cabeza”.
En los años del plomo mental, con alucinaciones de caderas y senos, con Landa dando lubricante en las salas de cine, se preparaba la peluca de Santiago Carrillo para pactar la transición, pero ya las playas estaban fletadas de suecas, había mucho bikini, se metía mano, se bailaba en las boite, había mucha marcha nocturna por metro cuadrado, llegaba el primer LSD, las farmacias despachaban anfetaminas sin enterarse para qué se usaban, sonaba la psicodelia… Pero no sólo eso: el escultor Martín Chirino, que era profesor en un colegio de beatas en Madrid, recibía a Rockefeller en su casa-taller de San Sebastián de los Reyes (Fernández Alba le había diseñado un monasterio blanco y sereno) y le abría su nevera Kelvinator del desarrollismo para ofrecerle huevos con beicon mientras Franco rumiaba en El Pardo contra los contubernios. Amanecía en el país el franquismo pop, según denominación de Sergio Vila-Sanjuán, que lo descifra en su novela Estaba en el aire, Premio Nadal 2013. Pero no era sólo una cuestión de electrodomésticos o de Seiscientos. “La desestructuración empezó por arriba, una dolce vita franquista que viajaba al extranjero, en la que había amantes, en la que las hijas se iban a Londres a abortar, donde había separaciones. Todo ello forzaba al cambio”, recordaba el artista. Y sigo con el landismo: ¿No lo es el icono vodevil de la duquesa de Alba, remedo o estupefaciente del noble de La vaquilla, que implora al falangista que las bombas echen de una vez a los republicanos que tienen ocupada la mitad de su finca? Yo me lo pensaría.
Los críticos se han dedicado estos días a cortar con un machete la filmografía de Alfredo Landa, y han hecho casus belli o cuestión aparte de las películas a las que se abonó el pajillerismo cinéfilo, del que era hagiógrafo máximo el novelista Terenci Moix. Frente a este género menor, de sexo suplicante y minifaldero, sus películas de seso, ensalzadas por estar atravesadas por la moraleja generacional del descampado de la dictadura y su fiambrera de horrores. ¿Pero era posible una cosa sin la otra? El hijo del guardia civil encarnaba la normalidad: el tapón sexual de la orgía nacionalcatolicista y la histeria disciplinada de Pilar Primo de Rivera con su Sección Femenina fomentaron la reunificación social vía libido. El ectoplasma represivo llevó de la mano a intelectuales, escritores, militares, políticos, funcionarios y fontaneros a las casas de putas, o al estreno de una obra de teatro en la Gran Vía donde Victoria Vera enseñaba por primera vez a España unas tetas. Bigas Lunas diría que el país, enloquecido, buscaba un orgasmo en cada esquina. El landismo convivía con una eclosión editorial de revistas con portadas calientes, donde el reportaje-denuncia sobre las brigadas del amanecer sincronizaba a la perfección con un desnudo, y si era Marisol o Lola Flores, mejor que mejor. ¿Le teníamos que exigir entonces a nuestro protagonista que fuese un existencialista? Ya estaba Pilar Miro para recordarnos que el equilibrio democrático no estaba sólo en lo voluptuoso, y prueba de ello es que su película sobre la Benemérita cayó en las garras de la censura y se convirtió en la única prohibida en España cuando Adolfo Suárez fumaba como un carretero y presumía de comer tortilla francesa.
¿Qué hubiese ocurrido si el señorito Iván no mata la milana de Azarías? Quizás en aquel cortijo que retrató Miguel Delibes la vida hubiese seguido igual, entre cacerías, infidelidades matrimoniales, analfabetismo, embrutecimiento… Mario Camus, sin embargo, demostró en Los santos inocentes que, pese a la muerte del cacique colgado del tronco de un árbol, los criados se hundían más en su miseria, que todo se desmoronaba, que el hijo se marchaba para buscar un mejor porvenir, que Azarías acababa en el manicomio… Los españoles de los ochenta constataron que poner fin a la respiración del señorito no iba a suponer, en modo alguno, que Paco y Régula fuesen felices y tuviesen un mayor bienestar económico; es más, tragaron con la quinina de soportar la evidencia de que el servilismo y la pérdida de la dignidad humana eran parte importante de la paella patria. En su magistral interpretación, Alfredo Landa, el perro de Iván, mantiene una lucha permanente entre negarse a cumplir con las exigencias del dueño para preservar la salud de su pierna fracturada, o entregarse dócil a sus órdenes de cazador irrefrenable. Opta por quedarse cojo para siempre, aunque su cuñado, con problemas mentales, se vengará, pero no por la explotación a la que estaba siendo sometida su familia, sino por una cuestión distinta: el tiro que había provocado el fin de su querido pájaro.
El landismo, en su más amplia acepción (sexo y seso), viene a ser el golpe certero del pico en la médula del macizo spain sociológico.
Publicado: 1/05/2013
La ilusión de las ciudades se oxida y los que las habitan asumen con el tiempo que el desastre es insuperable: son peatones que aceptan como irremediable la perseverancia de un paisaje molesto, de una urbanización absurda, de un progreso dominante, de una nostalgia que se convierte en un sedante contra la frustración… Paco Sánchez acaba de inaugurar ‘Africania’ en Espacio Cultural S/t, lugar cercano, a tiro de piedra, del barranco Guiniguada, cauce mítico, inseparable, de una trayectoria artística donde este accidente de la tierra, arteria de la Isla, fluye una y otra vez indómito, resistente frente a los embates del olvido. Esta pintura expande un escalofrío hipnótico: los seres que pueblan sus cuadros en una danza eterna forman parte del relato secreto, de un mundo tribal, de aborígenes, de indígenas, que ahora sólo pueden ser estratificados por la ciencia o por la aparición subversiva de un manuscrito en una biblioteca ‘babeliana’. El artista, sin embargo, no está dispuesto a esperar por la recreación virtual de su sitio legendario, y en las noches fantasmales en que los pájaros bajan hasta Juan de Quesada y alrededores levanta un trozo de asfalto y desciende por la escalera de caracol al pedregal rodeado de cañas y de lagartos con grandes papadas llenas de arrugas.
Sometidos a la ignorancia y a la baladronada ingenieril, de la noche a la mañana, en la orgía setentera (todavía en vigor, y más extremada) de abran paso a los coches, se levantó esta especie de ‘muro de Berlín’, separación, solución ‘duralex’, de Vegueta y Triana. La estigmatización del Guiniguada, entubado en su correr, ha quedado ahí para siempre, pese a otros crecimientos viarios alternativos (Circunvalación) ideados, o al menos así lo decían al principio, para absorber la chapuza de meter una autovía entre el casco histórico de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Nada de ello se ha hecho, si bien merece reseñarse aquí la iniciativa de la exalcaldesa Josefa Luzardo de suprimir el espantoso scalextric que atracó, nada más y nada menos, que junto al Teatro, dando sentido a la idea de que los pueblos siempre deglutirán las insolencias más dantescas, sea cual sea el nivel de la atrocidad.
El arquitecto Joan Busquets, que recibió el encargo del ambicioso proyecto para regenerar el Guiniguada, fue uno de los primeros en observar, no sin curiosidad, la ‘felicidad’ con la que los empadronados (reales, no ficticios) habían incorporado el viario en cuestión a su vida diaria, y no sólo ello: le llamó poderosamente la atención la aceptación (desmovilización) frente a la desaparición del carácter simbólico del barranco (espacio de puentes, de estatuas, de kioscos, de teatro, de mercado, de plazoletas…), casi a través de una obligada amnesia contra el dolor por la perdida. El fenómeno le llevó en plena redacción definitiva de la intervención a considerar que la memoria tenía que estar presente, no como una reproducción, por supuesto, pero sí desde una determinada aprehensión del recuerdo, como emplazamiento neurálgico de los sueños de una urbe: el agua que corre y que simboliza la riqueza agrícola tras las fuertes lluvias; el acceso al barrio donde se imparte la ley, y el camino al crecimiento comercial, con los bazares, los primeros hoteles y los bancos. Por desgracia (y con la ayuda de la indolencia de la conciencia colectiva), esta iniciativa de cambio, de verdadera mejora del bienestar, ha sido arrumbada, apartada y depositada en el listado de las ambiciones sumergidas en el espectro de la fatalidad.
Paco Sánchez fue del barranco original, y todavía camina sobre los arcenes que lo ocultan igual que un nómada que busca las pistas de un prófugo. Aquí Pambaso, allá San Roque. Otras, bajo los focos de la carretera, con una humedad que se niega a desaparecer, impertinente geografía que volverá, están las mansiones de El Toril, con jardines ruinosos, crecidos, tras las que aparece solemne y austero el Hospital San Martín, donde Oramas pintó la puerta de la casa de la abuela del artista cuando él huía de las garrapatas del Guiniguada. Eran los años donde podía aparecer aún un hueso, una moneda o un trozo de las ricas telas de las huestes castellanas que creyeron en un emporio de caña de azúcar e ingenios humeantes. ‘Africania’ no se desembaraza de este imaginario. Todo lo contrario: sigue ahí más acusado, como un imperecedero baile de guerra, por el que los aborígenes tratan de seducir a los virreyes para que suban con sus tropas barranco arriba y caigan en el abismo de los riscos bajo un reguero de piedras.
El Guiniguada ha sido el esqueleto, pese a ser asfaltado. Su entrada en la ciudad, venido de adentro, lleno de la cólera del campo, de la febril naturaleza, de un rugido nacido en cuevas y hondonadas. Unas tonalidades agresivas, llameantes, un ecosistema imaginado, una selva sólo atravesada a machetazos, plagada de frutos brillantes… Todo ello está en ‘Africania’, una esencialidad que encuentra su júbilo, su alegría, en la exuberancia que hubo allí, y a la que el artista accede en los tiempos donde el viento no mueve una hoja y él puede abrir con el abrelatas un pedazo de carretera. Allí abajo, dentro del enorme colector, están las tribus, algún escribano desorientado que hace epístolas en árabe, un arqueólogo que mide el tamaño de los cráneos con chorros de arena y un inglés que le enseñó una buena muestra de opio a Alonso Quesada.
En alguna hemeroteca leí con interés inusitado la idea de un patricio encandilado de hacer del cauce del Guiniguada un canal ‘gondolesco’, dedicado al disfrute y deleite de todo el que se pudiese pagar tan ensoñadora travesía. Busquets no llegó a tan elevada perturbación, pero sí a planear una lámina de agua con la subida de la marea, o la creación de pasarelas transparentes que servirían para cruzar el cauce de un lado a otro, como homenaje a los que ahora lo atraviesan y creen pisar el Puente de Madera o el de Piedra, aunque en realidad se encuentran sobre un paso de cebra a la espera de que el semáforo se ponga en verde. ¿Y por qué ocurre? Hay que plantarse ante la obra de Paco Sánchez, donde está el relato secreto, y escuchar su pálpito: todo se oxida al borde del mar, pero allí hay provocación para levantar la lápida que sella el barranco.
Publicado: 1/05/2013
Nina Hoss y Ronald Zehrfeld se entienden en la película Barbara a través de un libro. Ella quiere huir de Alemania Oriental, donde ambos han visto como sus respectivas carreras como médicos han sido pasto de la absurda burocracia comunista. El doctor se siente atraído por su compañera de hospital, pero ella desconfía de todos y ve en él a otro agente más de la RDA. Bajo la frialdad y la amargura de un paisaje marcado por el Mar Báltico, la pareja rompe su particular telón de acero gracias al relámpago de las afinidades culturales: Barbara, nada más entrar en casa de André, fija su mirada sobre la biblioteca y extrae una biografía de un médico rural. Hablan sobre el personaje, y él se siente en el deber de regalarle la obra. Del libro emana, entonces, un poder que supera la propia historia del personaje al que está dedicado. Su presencia, su influencia, será determinante para Barbara, que a través de la visión de su portada, del contacto con sus páginas, se verá obligada a variar el rumbo de su vida. Algo que parece impensable en un estado ahogado por la falta de libertad, con sus ciudadanos sometidos a órdenes, sanciones y registros permanentes. La biografía de la biblioteca del doctor André no será un acicate para abandonar la RDA, sino más bien un estimulo definitivo para buscar una sociedad mejor pese a las garras de una dictadura comunista interminable.
El Día del Libro, mañana, nos sitúa como en ediciones anteriores (no sabría establecer bien desde cuándo) en el singular hemisferio de lo que irrumpe con fuerza y lo que como consecuencia de ello está a punto de desaparecer. En la nómina de damnificados: bibliotecas, libreros, archiveros, editoriales, impresores, encuadernadores... En el amanecer, por lo pronto, una jauría de soportes digitales movidos sibilinamente por la industria del ocio. La convivencia entre el impulso de Gutemberg y el del futuro (no sabría ponerle otro nombre) nos depara un cierto encanto, la conciencia de estar en un momento único.
En una biblioteca pública espero con paciencia a que el bibliotecario me sirva Memorias de un hijo del siglo, de Juan Rodríguez Doreste, al que acudo instigado por una amiga historiadora. Me comenta que en Historia de la Literatura Canaria, de Joaquín Artiles e Ignacio Quintana, se recoge que el exalcalde vivió en la Residencia de Estudiantes de Madrid antes de la Guerra Civil. La curiosidad por el dato y su esclarecimiento (que no viene ahora al caso) me llevan a estar allí y observar, claro está, como mi petición convive con otras menos antidiluvianas, como el pedido de un portátil para acceder al contenido digital de algún libro. A los diez minutos tengo el libro entre mis manos, al que llevo hasta una mesa con la calidez exigida por cualquier objeto valioso. Lo mismo hace el otro solicitante, dispuesto a resolver sus dudas con el ordenador despachado. El ritual entre libros y portátiles se repite una y otra vez. ¿Dónde está la emoción? Doy por hecho que nada de lo que allí ocurre tiene o se acerca a una vida gobernada por los libros, y recuerdo en este punto (podría ser en cualquier santuario del mundo) la biblioteca del Museo Canario, lugar de escrutadores, de espeleólogos que buscan con ardor una hoja suelta, un signo capaz de alterar la levedad del tiempo. Allí, entre el corazón intelectual creado por unos visionarios del conocimiento; entre esas estanterías de gabinete que se alzan en el aire; entre la escaleras que se tuercen y forman pasillos donde se construyen rincones, lugares secretos de los que más de una vez sale el estampido de un susto para la historia: el engarce que faltaba para completar lo que hasta ahora había sido una leyenda. Me dirijo al mostrador y devuelvo el libro de Juan Rodríguez Doreste. ¿Será igual el año que viene? Todo parece ir a favor: la biblioteca se amplía y crecen los metros cuadrados. ¿No será un espejismo?
Unas venas atravesadas de punta a punta por libros eran las de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. El primero escribió una especie de diario, titulado con el nombre de su entrañable amigo, donde da cuenta de los apartados más trascendentes de sus conversaciones. Todas ellas se producen en las sobremesas de almuerzos o cenas en la casa del autor de La invención de Morel, que se celebran casi todos los días a lo largo de varios años. El monumental libro nos introduce en la pasión reverencial que ambos sienten por los libros, pero también en un universo literario que recorre continentes de distintas épocas, matices insospechados de escritores, paralelismos y controversias en las que los dos creadores, unas veces solos y otras acompañados por Silvina Ocampo, se extienden hasta el infinito. ¿Algo irrepetible? ¿Se volverá a hablar de libros con tal intensidad? Vendrán de nuevo los interrogantes: ¿Por qué Herman Hesse escribió El lobo estepario? ¿Por qué Kafka quiso destruir su obra? ¿Por qué Carmen Laforet se agotó con Nada?
De un librero de ocasión (al que no le faltan joyas) me llega recomendada le lectura de las memorias de Mariano Ansó, que fue ministro de Juan Negrín. Escrito con agilidad y sin extremismos (cuestión a tener en cuenta dada la época), constituye una crónica exquisita (lo que no evita la crítica ponderada al estadista canario y a otros) del desastre de la II República. A veces hay libros que tienen la facultad de conectar con otros, o bien ordenar un episodio cuyo círculo no había sido cerrado aún. En el caso de Ansó, dicha cuestión recae en el episodio de la salida urgente de España (por vía marítima) de los papeles de Manuel Azaña, operación de la que se tuvo que encargar el vasco por requerimiento del presidente republicano. La entretenida lectura del divagar por el estado en guerra de los dos baúles con las iniciales M. A. me llevó, una vez más, a un monográfico que le dedicó el Boletín de la Institución Libre de la Enseñanza a Juan Marichal. Allí, el profesor canario escribe de su trabajo como editor de las Obras Completas de Azaña y de cómo aparecieron (ya en la democracia, con Felipe González) parte de los manuscritos robados a Rivas Cherif en Ginebra, embajador (y cuñado de Azaña) que recibe de manos de Ansó el legado literario del político. Son libros con alma, sometidos a corrimientos, desapariciones y apariciones únicas.
Publicado: 16/04/2013
Bajo las urnas de cristal de la Biblioteca Pública de Manhattan palpita el sentido lorquiano, agazapado en los manuscritos que el escritor granadino, hace de ello 77 años, creo para su extraño Poeta en Nueva York, libro que ahora, por primera vez, saca a la luz Galaxia Gutenberg de acuerdo con las instrucciones que el autor dejó escritas para su edición. La exposición se titula Back Tomorrow, Volveré mañana, la frase que el andaluz escribió en una nota a José Bergamín un día de 1936 en que fue hasta su despacho para hacerle entrega de la obra y no lo encontró. El estallido de la Guerra Civil, el fusilamiento de Lorca por el disparate falangista, el exilio y las bibliotecas desperdigadas y violentadas se confabularon, en atronador e interminable desfile, para segar la voluntad de Lorca. La vuelta de Poeta en Nueva York a la ciudad donde se engendró me lleva, no sin orgullo, a revisitar papeles y libros que conectan a este terruño del Atlántico (en la posguerra lo era aún más) con un libro que preanunciaba la deshumanización a golpe de talonario.
Estoy en el número nueve de la revista Planas de Poesía, publicada el 15 de septiembre de 1950. Hago la relectura del hito en una edición facsímil lanzada por la Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias (antes del despilfarro de Septenio), bajo la dirección del catedrático y escritor Andrés Sánchez Robayna. Lleva por título Crucifixión (con un retrato de Manolo Millares Sall a Lorca en portada) y conlleva una exclusiva apoteósica: por primera vez trasciende un inédito de Poeta en Nueva York, o sea una primicia bajo la mugre franquista de una Isla donde Planas de Poesía viene a ser un oasis. Están en la cocina, además de Manolo, sus hermanos, los poetas José María y Agustín Millares Sall, y corresponde la administración de la revista a Rafael Roca.
La azarosa historia del manuscrito de Crucifixión se descifra en la revista reconsultada, verdadera caja negra del desgarro cultural que provocó la Guerra Civil. El nexo entre Gran Canaria y Federico García Lorca es Miguel Benítez Inglott, hermano de Eduardo (periodista y ensayista), Luis (poeta vanguardista y periodista) y Wenceslao (contraalmirante de la Armada e ingeniero). Planas de Poesía incluye unas Notas que dan cuenta de la intensa admiración del abogado a la poesía y a la persona de Federico García Lorca, cuya amistad intima con el granadino le permitía el acceso a sus composiciones. Algunos hermeneutas del vínculo hablan de que el empleado de la Fiat (en Barcelona) pasaba a máquina de escribir sus textos, misión supuesta que empequeñece lo que parece ser (a la vista de sus Notas) una labor de consejero a partir de la lectura de los manuscritos que Lorca le mostraba.
Pero volvamos al meollo: ¿cómo se despistó el manuscrito de Crucifixión del resto de Poeta en Nueva York? Planas de Poesía recoge la reproducción de una carta (sin fecha) de Lorca a Miguel Benítez en la que le dice: "Queridísimo Miguel: Estoy poniendo a máquina mi libro de Nueva York para darlo a las prensas el próximo mes de octubre: te ruego encarecidamente me mandes a vuelta de correo el poema Crucifixión puesto que tú eres el único que lo tienes y yo me quedé sin copia. Desde luego, irá en el libro dedicado a ti (...) Miguel, ten la bondad de ser bueno y mandarme ese poema".
El 14 de agosto de 1935, el poeta vuelve a la carga: "Querido Miguel: Hace unos días te escribí una carta rogándote me enviaras mi poema Crucifixión, que guardas tú. Como no he recibido contestación te lo vuelvo a recordar, suplicándote no dejes de hacerlo pues es de los poemas más interesantes del libro y no quiero que se pierda". Será en 1950, con motivo de la aparición de Crucifixión, cuando el amigo grancanario de Lorca ofrezca una versión de primera mano sobre la rocambolesca historia del manuscrito y de otros dos (Oficina y denuncia y Homenaje a Maupassant). Comenta en sus Notas: "Vi a Lorca por última vez, allá por el mes de mayo de 1936", fecha en la que aún estaba en su manos Crucifixión. ¿Por qué? "Federico me lo regaló, en ocasión de su estancia en Barcelona, en el invierno de 1935, escrito a lápiz el original. Como es hábito en mí, lo guarde en uno de sus libros. Cuando me lo pidió -según atestiguan las cartas que se publican- no me fue posible encontrarlo. Lo buscaba anhelante, cuando estalló la guerra. Marché a Madrid en los primeros días de agosto dejando en Barcelona todos mis libros. Sólo en mayo de 1939 pude volver a hacerme cargo de ellos, y un día, entre las páginas del Romancero Gitano, encontré el manuscrito que era ya una reliquia".
"Esa maldita vaca/ tiene las tetas llenas de perdigones, /dijeron los fariseos", reza el poemario. Acolchados en la tempestad de la represión, con Lorca como mártir del desafuero de los pistoleros, sale un día Crucifixión camino de Gran Canaria, Miguel Benítez Inglott, según su relato, vuelve a extraviar el manuscrito, hasta el punto de creer que le había sido sustraído. Reaparece de nuevo entre hojas, y en un gesto que le honra (y cuando la vida se le apagaba) se lo entrega a Agustín Millares Sall, mientras que Oficina y Denuncia va a parar a José María Millares Sall y Homenaje a Maupassant a Rafael Roca. Los dos primeros, ya con la democracia, fueron vendidos (el primero por los herederos, y el segundo por el propio autor de Liverpool), y el paradero del tercero sigue siendo un enigma.
El retorno de Poeta en Nueva York y de los papeles originales que forman parte del trasunto del poemario, expuestos en Manhattan, encadenan a Gran Canaria y a varios de sus creadores de posguerra con los deseos universales de una generación que colapsó con la guerra civil. ¿Serán ciertos los extravíos de Crucifixión, o no será nada más y nada menos que el ocultamiento a la bota del censor enloquecido, borracho de tinta roja? Miguel Benítez Inglott quedó encapsulado en la España que enterró a Lorca, y él era dueño de varios de sus inéditos. Peligroso. Planas de Poesía, en los que se refiere a su primera etapa, tuvo que cerrar tras una visita de la Brigada Político-Social, que decretó vía resolución que la redacción de los poetas atufaba a Partido Comunista.
Publicado: 8/04/2013
Enrique Moradiellos escribía hace unos días sobre el vigésimo aniversario de la muerte de don Juan, heredero de la Corona que sucumbe bajo el manto de la mala suerte, y recordaba que en su haber en servicio de España había que apuntar la idea de poner a su hijo (enviado para ser educado como sucesor o no) bajo la protección de Franco. La pirula le salió bien al descendiente de Alfonso XIII, si bien ello supuso para la Corona tragar con la quinina de la aceptación de la legitimidad de un régimen proveniente de un golpe de Estado, de una sangrienta guerra civil y de una represión que marcaría a generaciones. Al conspirador de Estoril le costó, además, la renuncia de sus derechos dinásticos en favor de Juan Carlos I, opción intransferible a la vista de los únicos deseos del dictador: ya dice Moradiellos que Franco siempre tuvo en el horizonte de su galimatías una monarquía, pero no una cualquiera, sino una moldeada a su gusto y templanza. A esta alturas de la enciclopedia, no creo que nadie ponga en tela de juicio la oportunidad de estos gestos de don Juan, maquinados y cocinados bajo la presión de la familias del régimen y sobre todo bajo el maquiavelismo cañí del caudillo, que le dio al capítulo de su sucesión todo los aditamentos de una secuencia de Hitchcock, o al menos así lo vivieron la mayoría de los españoles.
Treinta y seis años después de la renuncia juanista a favor de su hijo se habla ahora de la necesaria abdicación de Juan Carlos I a favor de su heredero, Felipe, al que se le requiere (en tendencia mediática) que haga un escrache respetuoso ante su padre, cuya pésima valoración social podría poner en peligro la estabilidad de la institución. ¿Es un clamor o sólo una pincelada más en la insoportable atmósfera de la crisis? Sea una cosa u otra, no deja de ser preocupante que la torpe fontanería de la Zarzuela emita signos de naufragio ante su impotencia (e incompetencia) para afrontar el catéter judicial del juez Castro, ya en las arterias de la infanta Cristina visto que hay bypass con Urdangarin. Pero no es el único frente: en los noventa, el filósofo Julián Marías ya decía en una entrevista en las escaleras de la Casa de Colón que en el destino del revival de la monarquía española estaba escrito el soportar, de ciclo en ciclo, campañas con bombardeos más o menos calibrados a sus cimientos. De hecho, cada vez que Diego Torres desempolva el disco duro de su ordenador cantan las sirenas de los radicales (van de una punta a otra), ya sea en formato antisistema o con preguntas a la mesa del Parlamento que pretenden, a bote pronto, saber hasta sobre la factura de cabaret de una noche de Alfonso XII. Sarcasmos aparte, lo cierto es que al circo siempre le cabe algún enano más en plantilla: por ejemplo, el interés de los republicanos del hemiciclo por conocer qué impuestos pagó la herencia depositada en Suiza y que recibió el Rey de su padre. Estas maldades piadosas (y otras que están por venir) cogen a Juan Carlos I con el esqueleto hecho una papilla, y sumido en el intento de apartar de la orilla de su reinado, con la punta de la muleta, el fantasma de una hija empapelada por vía marital. Junto a este epicentro tan rotundo, en desordenada caterva, una rumorología mezquina sobre cómo es la vida matrimonial del monarca, unas filtraciones amarillas sobre peleas familiares, el papel de la empresaria alemana Corinna en el tinglado, supuestos excesos poco diplomáticos de la princesa Letizia... Hay para todos los gustos y sabores, con esas obsesiones históricas que marcan hitos y desarreglos en la coronas europeas. Muy recomendable a efectos de hurgar en ello la biografía de la desdichada, frívola y conmovedora (todo junto) María Antonieta, escrita por Stefan Zweig.
Pero volvamos a un escrache (con permiso del importunado Esteban González Pons) de Palacio, donde el Príncipe heredero, tras evaluar los barómetros, confirma que su padre no ha podido recuperarse del desgaste de la cacería de Botsuana. Y observa, además, que no sólo hay un maltrecho indice de aceptación, sino que él empieza a subir y a ser considerado una alternativa frente al fracaso de la fontanería (mitad senil, mitad irreciclable) que habita en Zarzuela. Y considera, entonces, que desde el amor filial (por ahí se empieza siempre...) debe pedirle a su padre que abdique. Y es probable, y así sucede, que un grupo de reflexión (nada de conspiradores, ni mucho menos) cercano al heredero analice la sustancia mantecosa del artículo 57 de la Constitución dedicado a la sucesión en la Corona: “La abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica”, dice la tenebrosa prosa que pilotaría un gesto tan íntimo entre Rey y Príncipe, lejos de vanidades personales y focalizado en el pragmatismo.
El desapego que marcan las encuestas forma parte del rutómetro del cambio generacional, con adolescentes que no tienen una referencia vital sobre la influencia de la Transición o sobre el papel de Juan Carlos I en la desarticulación de 23-F. Estos hechos históricos y otros han sido los grandes aliados de la monarquía española, a la que tampoco se le tuvo en cuenta su origen a partir de una legitimidad dictatorial. La autocensura, el aislamiento frente a los controles democráticos y la falta de acceso a sus gastos forman parte de la señas de identidad de un largo periodo monárquico regido por la simpatía, la confianza mutua, el agradecimiento, los servicios prestados, su aportación a la paz social, su sentido para ser ecuánime, su capacidad para el arbitraje... Todo ello ha saltado por los aires con una crisis económica donde sus afectados, en revancha, miran con repugnancia el arraigo de la sórdida corrupción en Zarzuela, personificada en un yerno de largo recorrido. El tsunami aconseja astucia y ambición para el príncipe Felipe, al que parece haberle tocado el momento: recogería el respeto que aun, pese a las circunstancias, se le profesa a su padre, y el gesto sería el de mayor altura, el de mayor significación, para afrontar el descrédito. Juan Carlos I, al salir de la clínica, agotó el recurso del perdón (“Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”), y ahora sólo le queda proceder a la entrega de poderes.
Publicado: 8/04/2013
Manuscrito de 'Miau', de Benito Pérez Galdós, deposittado en la Casa-Museo del escritor, en Las Palmas de Gran Canaria.
España registra en su brújula la desazón de buscarse a sí misma, penitencia que le lleva a acumular recetas, pócimas milagrosas y la literatura de los que removieron entre los lodos de la patria. La novela ‘Miau’ de Benito Pérez Galdós cumple este mes 125 años de su publicación, aniversario prodigioso dadas las concomitancias entre el funcionario cesante de Cánovas y el ‘recortado’ de Rajoy, o entre la desafección actual a la cosa pública y la que afecta al trágico Villaamil. Y para colmo, un omnipresente Ministerio de Hacienda sin Montoro, pero aquejado de una osteoporosis aguda por falta de ingresos.
Pérez Galdós sacó Miau de su prolífica y realista chistera en 1888, pero el mundo que refleja la obra pertenece a los meses de febrero y marzo de 1878, es decir, en el comienzo del período histórico conocido como la Restauración, con el rey constitucional Alfonso XII y la alternancia entre conservadores (Antonio Cánovas del Castillo) y los liberales (Mateo Sagasta). El escritor encuentra su trufa literaria en una familia de clase media en peligro, los Villaamil, cuyo cabeza cae en desgracia funcionarial hasta enloquecer. Será el pretexto para que Miau nos muestre un Madrid lleno de ambiciones, plagado de trepas, de caciques, de gansos de la burocracia, de sablazos, de traficantes de influencias, de apariencias y de casas de empeños. La novela, cuyo manuscrito custodia la Casa-Museo Pérez Galdós, resulta apasionante por su vigencia a la hora de deshilachar la justificación moral del proceder del corrupto.
1) CHUPASANGRES
“Al que no desempresta la capa le despluman”
Luisito Cadalso, nieto místico de Ramón Villaamil, huérfano de madre y con padre vividor, se enfada con su compañero Posturitas, hijo de un prestamista, gremio que no paraba de hacer negocio en la Villa y Corte embaucando a los menesterosos o para contribuir a las ínfulas palaciegas de gente como las Miau, rostros gatunos que vivían sólo para conseguir el abono para codearse con ministros, diputados, burgueses y cortesanos en el Teatro Real. El Posturas no tenía en la puerta de su covacha un cartel con “Se compra oro”, pero mostraba al aire las capas empeñadas, cada una con la identicación de la víctima del préstamo.
Habla el pequeño de la familia de los Villaamil:
“Viven de chuparle la sangre al pobre, y, ¿qué te crees?, al que no desempresta la capa le despluman, es a saber, que se la venden y le dejan que se muera de frío. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las capas para que les dé el aire?”
2) COMBINACIÓN
“¡Y luego no quieren que haya revoluciones!”
La perturbación funcionarial era un clásico de la época. Si bien no existían los recortes del 5 %, campaba, sin embargo, la siniestra cesantía, maquinaria diabólica pergeñada desde 1799 y perfeccionada en el tiempo. A Ramón Villaamil, de recorrido largo como jefe de negociado en sus niveles varios (hasta en Filipinas estuvo), le alcanzó la guadaña con Cánovas, y a falta de dos meses para su jubilación. “La polacada” (arbitrariedad, desafuero o favoritismo en Miau) se convierte en la madre del cordero de la novela.
Aquí, extracto de la mortecina situación del funcionario fulminado por el saneamiento humano de la Administración, lector insomne de La Correspondencia, especie de BOE que escrituraba los nombramientos, ceses, canonjías, salidas de Madrid y entradas en provincias (antecedente, pues, de la estimada movilización). Era la combinación, y había que estar en una.
“En fin, que había cumplido sesenta años, y los de servicio, bien sumados, eran treinta y cuatro y diez meses. Le faltaban dos para jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de su destino más alto, Jefe de Administración de tercera”.
A continuación, su soliloquio quejumbroso:
“¡Qué mundo éste! ¡Cuánta injusticia! ¡Y luego no quieren que haya revoluciones!... No pido más que los dos meses para jubilarme con los cuatro quintos!”
3) ENJUAGUES
“Eso, canta claro, y caiga el que caiga...”
Luisito Cadalso cruza todo el centro de Madrid para llevar las rogatorias de dinero de su abuelo a Curcúrbitas, compañero de su época de esplendor funcionarial, que recibe cada vez con más regusto amargo las peticiones pecuaniarias del pobre diablo. Vuelve a la casa de la calle Quiñones sin un real, y allí sólo queda como vianda de la exhausta despensa un par de huevos. El abismo del hambre y la de hipoteca de los muebles de la sala (estancia sagrada para la maltrecha burguesía) va camino del prestamista Posturas. Villaamil lamenta su mala suerte y su esposa, Pura, le instiga para que sea más pragmático.
“Era el más bruto de la oficina. Ya se sabía; descubierta una barbaridad, todos decían: Curcúbitas. Después, ni un día cesante, y siempre para arriba. ¿Qué quiere decir esto? Que será muy bruto, pero que entiende mejor que tú la aguja de marear. ¿Y crees qué se hace pagar a tocateja el despacho de los expedientes?”
La mujer le insiste con algo no muy ajeno al sainete que protagoniza el exsecretario de finanzas del PP, Luis Bárcenas, en el siglo XXI.
“Yo que tú, me iría al periódico y empezaría a vomitar todas las picardías que se de la Administración, los enjuagues que han hecho muchos que hoy están en el candelero. Eso, cantar claro, y caiga el que caiga...”
4) APREMIO
“¡Feliz el pueblo que se escabulle de la relación!”
El yerno de Villaamil, Víctor Cadalso, es el revés de su honradez. Vive en el engaño y como funcionario consigue, al contrario que su suegro, una suculenta jefatura gracias a la protección de una viuda de provincias. Llega a Madrid procedente de Valencia, donde se ha metido en un lío en beneficio propio, que tampoco tiene nada que envidiar al sumidero de la operación Roca en Marbella o a los ERE de Andalucía. El pollo, bien parecido, se codea con diputados, entra por los despachos ministeriales como Pedro por su casa y subvenciona con sus oscuros fondos a las Miau , sin agujas ni retales para renovar sus harapos. Villaamil, humillado, tiene que soportar las lecciones de su yerno, funcionario de los nuevos tiempos. “La lógica española no puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo”, esgrime el amargado cesante
Cadalso, por su parte, contraataca con su casuística:
“¡Ah! en la expedición de los apremios está el quid. Y como nunca falta un roto para un descosido, nada más fácil que ponerse de acuerdo con el interventor para formar la relación de apremios. ¡Feliz el pueblo qu se escabulle de la relación, aunque tenga dos semestres en descubierto!...”
5) COMISIÓN
“La recompensa es el principio de la moralidad”
La filosofía del seductor Víctor Cadalso sobre la necesidad de la corrupción y de los corruptos tiene su miga. Su vigencia es casi un espejo para que la España intervenida pueda mirarse y saber más sobre cómo ocurrió, cómo se pasó de la decencia a la indecencia.
Dice así:
“La recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicación de la justicia, del derecho, del jus, a la Administración. Lo que yo digo: dondequiera que hay el haber de un servicio, hay el debe de una comisión. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para que me suelte una comisión (...) Y tú, contribuyente, ¿por qué me pones hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tu respires es preciso que respire yo también”.
Villaamil, el desgraciado, el pedigüeño, que ya lleva sombrero y traje pagado por la cloaca de Cadalso, fustiga desesperado la mutación de los fundamentos mientras prosigue su travesía interminable para hacerse con un nombramiento:
“Así es el mundo, así es España, y así nos vamos educando todos en el desprecio al Estado, y atizando en nuesta alma el rescoldo de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites. Esta es la lógica española. Todo al revés, el país de los viceversas”.
6) DINERO B
“Un día opulentos y hoy pobrísimos”
Aparece Ildefonso Cabrera, casado con una hermana del golfo de Víctor Cadalso. Trabaja en los trenes del Norte, pero vive holgadamente gracias a una entrada extra que le facilita su oficio ferroviario. Cabrera, desde su puesto de inspector, trapichea con “un tráfico hasta cierto punto clandestino, que consistía en traer de Francia objetos para el culto y venderlos en Madrid a los curas de los pueblos vecinos y aun al clero de la Corte. Cabrera tenía sus socios en Hendaya y entendíase con ellos, llevándoles telas, cornucopias, plata de ley, algún cuadro y otras antiguallas sustraidas a las fábricas de los templos de Castilla, un día opulentos y hoy pobrísimos”. Él y la hermana de Cadalso prosperan, no tienen escrúpulos para los negocios, y Villaamil no tiene más remedio que entregarles en su hora fatal la custodia de su nieto Luisito, que por sus conversaciones con Dios le adelanta las desdichas que se le vienen encima.
7) RECAUDACIÓN
“Los ricos pedirán ayuda para un panecillo”
Uno de los escenarios más desternillantes donde se desarrolla la trama de Miau es en la sede del Ministerio de Hacienda, al que Villaamil, cada vez más tronado, se acerca todos los días para conocer qué sucede con su nombramiento. Allí se encuentra con sus antiguos compañeros, de los que tiene que soportar sus sarcasmos. En la época del triste cesante no existía el escrache, pero él se plantaba allí todos los días para, con su pesadez, obtener algún tipo de información de los jefes. La descripción del viejo caserón es kafkiana (aunque Kafka sea posterior) en cuanto a la descripción de las jerarquías que por allí pululan y los expedientes que se resuelven o los que se quedan para siempre ocultos bajo el lazo de cinta roja.
Pantoja es uno de los interlocutores de Villaamil, y está cansado de oír su teoría de incorporar el income tax, un modelo de recaudación similar al IRPF actual. Al jefe del negociado, un inmovilista de cuidado, le molesta que el cesante vaya por ahí exhibiendo su pensamiento, y que en su lamentable desquicie asegure que no está dispuesto que los ministros del ramo absorban su sabiduría sobre la materia. “Lo que sacaba de quicio a Pantoja es que su amigo preconizara el income tax , haciendo tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto sobre la renta, basado en la declaración, teniendo por auxiliares el amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aquí donde casi es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague. La simplificación, en general, era contraria al espiritu del probo funcionario, que gustaba de mucho personal, mucho lío y muchísimo mete y saca de papeles”.
Entre escandalera y escandalera, las comadrejas de tributos trasmutaban en acrónimo el mote Miau de las mujeres con rostro gatuno de la casa del cesante. “Moralidad, income tax, aduanas y unificación de la deuda”, gritaba un tal Guillen, autor de la versión, con “¡qué risa, Dios!”.
Villaamil no se ablandaba. Largaba una escalofriante perorata con voz alta y sobrada:
“Llegará un día en que los españoles tengan que andar descalzos y los más ricos pedir para ayuda de un panecillo... digo, no pedirán limosna, porque no habría quién le dé. A eso vamos”.
8) LA BANCA
“Sin remedio, se le subía la palabra chanchullo”
Pantoja hacía guardia en el Ministerio de Hacienda. Allí era como un perro presa que guardaba las esencias, que “nunca iba a la Tesorería General sin experimentar sensación de espanto, como en presencia de un abismo o sima pavorosa donde anidan el peligro y la muerte”. ¿Pero qué pensaba esta especie de funcionario conocedor de “todos los cominos” que allí se ventilaban? Pues la sorpresa ante el personaje galdosiano está en que sus ideas tienen mucho que ver con la de una mayoría de los españoles, estupefactos ante el desaguisado provocado por los grandes banqueros.
Así lo desnuda Pérez Galdós:
“Las cifras muy altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún proyecto relacionado con fuertes empresas industriales o bancarias, se le subía a la boca, sin poderlo remediar, la palabra chanchullo. Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del ministro al representante del Rothschild o de otra opulenta casa española o extranjera, pensaba cuán útil sería ahorcar a todos aquellos que no iban allí sino a tramar algún enjuague”.
Igual que un convencido de la necesidad de un gobierno tecnócrata para los países sumidos en la bancarrota, Pantoja reclamaba ante sus contertulios “su banderín con este sencillo y convicente lema: ‘Mucha administración y poco o ninguna política”. ¿No les recuerda a las directrices de Merkel, del Fondo Monetario Internacional o del Banco Central Europeo?
El protagonista de Miau , funcionario sin destino, no pudo hacerse con sus dos meses para completar la vida la laboral y obtener una jubilación en paz. Bajó a los vertederos de Madrid, se pegó una buena panzada en una tasca, y apagó la luz de la España de la Restauración con el final traumático que arrastra ahora a algunos desahuciados.
Publicado: 3/04/2013
Cerca de los 20 años de la muerte de Don Juan, que se cumplieron el lunes, van el nacionalismo de culo inquieto y la IU rupturista a la captura de los millones que heredó Juan Carlos I de su padre y que pastaban por cuentas suizas, pues ya se sabe que el de Estoril nunca tuvo claro que la Transición diese lugar a una estabilidad española con forma de piscina redonda. La fortuna de la Corona sigue siendo un misterio, igual que otras cosas que se hicieron entre guerra y guerra, pronunciamiento y pronunciamiento, sargentada y sargentada, exilio y exilio, abdicación y abdicación... Pero la nebulosa no puede durar toda la vida: basta salir de Palacio para recibir una dentellada de los chacales de la urbe. Urdangarin se fue a comerse el turrón y acabó con la glotis llena de basura. Por primera vez, de los tiempos y los tiempos, una descendiente del Rey está imputada ante el juez, y esto no es cosa de historiadores, ni de la crónica rosa, ni de antimonárquicos, ni de profelipistas, ni de antijuanistas... Más bien parece una cuestión seria: una institución en el tobogán.
Publicado: 1/04/2013
A mí estos artículos se me hacen largos (y hasta dubitativos) los días en que una mayoría social retoza en la playa y una minoría sigue con fervor y esperanza los pasos de Semana Santa: ¿qué mundo es el ideal? Necesito una dosis. Acaba de salir una recopilación en Turner de las cartas entre Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán, que mantuvieron una especie de idilio o un no sé qué donde, a tenor de la prosa, el máximo calentón quedó en un “miquiño mío” de ella a él. Una curiosidad morbosa del epistolario es que las más de 90 cartas son de la dueña del Pazo de Meirás y sólo una del novelista grancanario. O alguien aplicó el derecho al olvido por su cuenta con una destrucción metódica del testimonio, o bien están en paradero desconocido. También se me ocurre pensar que la autora aspirase a romper el punto Bogart del XIX del mejor conocedor de la calles de Madrid, y que él ni se inmutase. Esta sequedad postal de Galdós debe tener algún tipo de explicación para la posteridad.
En cuanto a la Semana Santa, con noches de Encuentros y oscuridades barrocas, aprovecho el oreo de estas misivas correctamente ardientes para recordar el ecosistema de la obra galdosiana, muy larga en entresacar la influencia de lo religioso (y por derivación de lo fanático) en el atraso científico (y mucho más) de España. En los años 50 del enquistamiento franquista era un exceso subjetivo tener en casa las Obras Completas de Galdós, editadas en papel cebolla y encuadernadas en una aparente imitación de piel. Tener a mano los gruesos tomos suponía adentrarse en el trasfondo ideológico del nacionalcatolicismo, en su caldo de cultivo. Un mensaje fumigado con extrema pasión por el poder civil y religioso, que en Canarias añadió a la receta del ocultamiento una campaña sobre la supuesta anticanariedad del autor de Los Episodios Nacionales. Hicieron correr la especie de que el creador de Fortunata y Jacinta había hecho el gesto de limpiarse los zapatos de polvo para desligarse de su condición de insular.
Su defensa acérrima de la modernización del país le llevó a llenar sus personajes literarios de dudas y confrontaciones, una estrategia con la que trató de demostrar (y el tiempo le dio la razón) lo dañino que era para el progreso la fusión entre las creencias y la política. La catedrática Yolanda Arencibia habla en sus investigaciones de la “hoguera pildaniana”, para referirse a la obsesión del obispo Antonio Pildain y Zapiain, que desde la Diócesis de Canarias se entregó con denuedo a la obsesión de anatematizar a Galdós y a Unamuno, dúo diabólico, a su parecer censor, contra el clericalismo.
El personaje eclesiástico, siempre dispuesto a ser ponderado por los defensores de la desmemoria, acometió en 1930 una campaña (que no convenció) para frenar la inauguración de la escultura de Victorio Macho del autor de Doña Perfecta en la explanada del desaparecido Muelle de Las Palmas. En 1964, con motivo de la apertura de la Casa-Museo Pérez Galdós, la atormentada visión de Pildain alcanzó de lleno al filósofo Julian Marías, al que intentó hacerle la marrana con un boicoteo que tramó con el envío de 20 cartas a sendos prebostes del Régimen (por supuesto que con el Generalísimo incluido) con la petición de impedir tal holocausto. Su pulsión antigaldosiana, digna de un tratado, incluyó al Museo Canario (por acoger en su tribuna al padre de Javier Marías), la condena para las autoridades civiles que visitasen la nueva institución cultural y la solicitud estrambótica a los párrocos de la quema pública de sus obras. Este Savonarola local no consiguió su propósito, aunque creo sustrato para el fracaso (pegas y más pegas) de la Cátedra Galdós.
Un desagravio (también criticado pues no era gasto de Carnaval) fue la iniciativa de Jerónimo Saavedra de llevar Electra al teatro que lleva su nombre, en versión de Paco Nieva. Allí, en un ritual único, se pudo revivir la conmoción que provocó en 1901 este texto que reivindica al amor, a la mujer individual, frente a la intransigencia religiosa. Inolvidable Antonio Valero en el papel de Pantoja, recalcitrante arrepentido que consume a la joven Electra con su deseo de que ingrese en un convento, con tal de alejarla de Máximo, el ingeniero que representa la cultura y el progreso. Galdós, igual que con estas cartas a Pardo Bazán (o más bien de ella a él), derramó por cada una de las juntas del viejo coliseo capitalino su sociedad ideal.
Publicado: 18/03/2013
Ni el mismo Berlanga hubiese perfilado tan bien la extemporánea y alcanforada situación que vivió la Justicia española la semana pasada, y de camino una desgracia más para los derechos, las libertades y la tolerancia civil. De forma irremediable, el alegato de un dinosaurio de la abogacía, de 90 años, corre hoy por internet y es pasto de comentarios (a favor y en contra), cuando lo mejor es que el mismo no hubiese existido por los tiempos de los tiempos. El filósofo Javier Gomá insiste en la necesidad de la ejemplaridad de los hombres y mujeres de este país, y está claro que la jueza no fue ejemplar, ni mucho menos, pues de serlo hubiese expulsado de la sala al letrado que defendió la Ley de Vagos y Maleantes de 1933. (Aprobada por la Segunda República, aunque modificada luego por el franquismo para incluir a los homosexuales). Este señor estaba en la vista de la Audiencia Provincial de Madrid, nada más y nada menos, que para apoyar a dos cabezas rapadas de un grupo de cinco neonazis, que, presuntamente, apalearon en 2009 a un indigente que dormía en un fotomatón en un parque cercano a Moncloa.
“Hay que apartarlos de la sociedad”. “Hoy empieza a resurgir en círculos políticos la tendencia a prohibir la mendicidad, plaga de nuestras ciudades, porque hay nostálgicos de tiempos pasados”. Fueron algunas de las perlas que vomitó ante el tribunal Ángel Pelluz, al que por casualidad (mucha casualidad, digo yo) le tocó por el turno de oficio defender a los ultras. Una oportunidad única, cómo no, para desempolvar su cangrejilla sectaria y exponer a la concurrencia cuál es la razón que lleva a un cabeza rapada a despojarse de humanidad y a machacarle el cuerpo a un mendigo. Según las crónicas, dicha declaración de principios atravesó todos los filtros y pudo ser voceada en la sala sin que ninguna autoridad judicial pusiese objeción alguna. Quizás su señoría pensó que se anteponía la libertad de expresión del abogado frente a derechos indiscutibles ganados a pulso en guerras, revoluciones y cerrados en importantes acuerdos internacionales.
El letrado, una especie en extinción y esperemos que falto de magisterio para inocular su veneno a colegas o herederos más jóvenes, espolvoreó su teoría de la convivencia bajo la creencia, al parecer, de que son muchos los que piensan como él y que están hartos de sufrir el acoso en los zaguanes de sus casas y en las entradas de los supermercados de la mendicidad de los que ya han agotado la ayuda social. Queremos pensar que este anciano viene de otro mundo, que es un fantasma con ausencia de carisma y que se ha equivocado de época. Pero esta esperanza no evita la impertinencia de la duda: ¿Y si no fuera así? ¿Hay, como dice la policía española, una nata de ultraderechistas que se mueven entre las redes sociales, conectados con sus homólogos centroeuropeos con representación parlamentaria, cada vez más envalentonados por el cansancio de los votantes ante la corrupción de los políticos, y con el reconocimiento en alza debido a la frustración económica de la clase media? ¿Es un escenario a tener en cuenta? Sea así o no, flaco favor se le hace a la convivencia democrática con una carencia de controles, que, como en el caso del abogado Pelluz, permitan una sanción rápida y eficaz por parte de su colegio profesional, y por supuesto la aplicación de la legislación correspondiente por incitación a la violencia. Sería de un absurdo elefantiásico que la sociedad estuviese todavía recuperándose de la paliza de cinco ultras a un mendigo para que, a continuación, apareciese un supuesto ideólogo a contar qué moralidad soporta este execrable comportamientos valiéndose para ello de los mecanismos democráticos.
La condición de ciudadanos debe llevar aparejada la voluntad ejemplar, que incluye la intransigencia frente a lo que perturba o modifica los códigos de conducta, ya sea para el abogado, el periodista, el economista, el empresario, el médico, el político, el funcionario o el historiador. Se les exige que sean eficientes, coherentes y acordes con la función que realizan en sus respectivos ámbitos. No como el ministro del Interior que, al amparo de su condición privilegiada, contenta a su confesión religiosa con un ataque a los matrimonios homosexuales, avalados por el Tribunal Constitucional, sentencia que él debería anteponer frente a su acendrado y respetable catolicismo. Otro tanto de lo mismo ocurre con el diputado de UPyD que alardeó sobre denuncias falsas de mujeres en los casos de violencia. machista, una frivolidad excesiva en un contexto permanente de asesinatos por tal motivo. La fragilidad de sus argumentos y de las estadísticas que utilizó demuestran, sin lugar a dudas, su irresponsabilidad a la hora de influir a favor de los promotores de la lacra social. Algo debe ocurrir cuando los políticos se dedican a atravesar las líneas rojas que ellos mismos, hasta un minuto antes, daban como tales y por tanto infranqueables: ocurre con el PSOE y su pacto en Ponferrada con un independiente condenado por acoso sexual. ¿Una equivocación? Yo diría que más bien un desprecio a la mujeres jóvenes, a sus padres, a la igualdad, al camino recorrido... Resulta duro decirlo, pero no es tan lejana la distancia entre la insolencia fascista del letrado Pelluz y la que manejan estos concejales de tres al cuarto a los que les importa un rábano los cambios sociales.
Estas situaciones del día a día de la infrapolítica nacional aumentan el descreimiento hacia los partidos políticos, y fortalece la ausencia del ejemplo. Prima el espectáculo, el capullo que quiere estar en todas las redes sociales, el protagonista, el minuto de gloria... Los contribuyentes, los que amueblan una y otra vez el IRPF, no se cansan de preguntarse por los controles para que los tribunales no se conviertan en un hazmerreír, o para que un influyente miembro del Gobierno nacional no se considere con la autoritas suficiente para socavar la jurisprudencia del Constitucional. El alegato del abogado Pelluz para defender a los cabezas rapadas, capaz de entrar como Pedro por su casa en todo un poder judicial, inquieta mucho, casi es una radiografía del caos.
Publicado: 13/03/2013
En el Buenos Aires querido no se habla de otra cosa: ha sido una 'operación churrasco' en toda regla. Hasta los gauchos van a salir de debajo de las piedras a sacar pecho, una vez que ha quedado claro que ser argentino no es cualquier cosa. Bergoglio no habitaba la lista de los favoritos. Ha sido muy curioso oír en el resplandor de la Plaza de San Pedro el acento italoargentino de este cardenal jesuita, una orden ninguneada entre los mimos a los Kikos y las sombras financieras del Opus, unos por su poder de convocatoria y los otros por su arraigo conspirativo. Francisco I, así llamado, podría simbolizar la limpieza después de las aguas estancadas. Un cuestión: ¿Que dijo sobre la dictadura de Videla, las torturas y las desapariciones? Me preocupa bastante.
Publicado: 12/03/2013
El Gran Colisionador de Hadrones, situado cerca de Ginebra, acababa de hacer un descubrimiento asombroso para el mundo: el 4 de julio de 2012 el orbe científico quedó petríficado al saberse de la existencia del Bosón de Higgs o Partícula de Dios, lo que venía a confirmar que el Modelo Estándar de la física de partículas era consistente para describir los componentes más elementales de la materia que se conocen. A menos de un año de este hallazgo, comienza, en el ámbito espiritual, un cónclave cuyo desenlace tiene mucho que ver con la localización de un Modelo Estándar que garantice la existencia de la propia Iglesia y su influencia sobre el planeta. Encontrar al papa de la supervivencia es adentrarse en el jardín de la mujer en el sacerdocio, en la revisión de tabúes como la homosexualidad, en el uso de los métodos anticonceptivos, en la depuración de responsabilidades por los escándalos de abusos sexuales... ¿Podrán encontrar este fino Hilo de Ariadna tantos y tantos cardenales octogenarios? A lo mejor descubren que no hay ningún nombre con la consistencia matérica necesaria para demostrar, a su vez, la solidez del universo de las ideas por los siglos de los siglos. O lo mismo vale la pena echar la paja para la fumata blanca con tal de que la Banca no se hunda.
Publicado: 11/03/2013
La protuberancia escenográfica de las exequias de Hugo Chávez me ha situado, sin paliativos, en la gaveta literaria de los coroneles y sátrapas que pueblan mi pandemónium literario, lecturas de décadas atrás, escalofríos cruzados entre Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Tomás Eloy Martínez, maestros en registrar el aliento fétido de un poder alimentado por academias militares como la de La ciudad y los perros, por nostalgias de guerras fanáticas y equinocciales que rompieron el alma de la patria y por destinos políticos marcados por influyentes como López Rega, el brujo que hirvió el tuétano del peronismo con una hilera de asesinatos y secuestros de agitadores de la antorcha marxista. ¿Qué hubiese sido de Venezuela con el tórrido bolivariano? Hace años, tras un viaje en avión con él (aún no era el taumaturgo de la política latinoamericana, pero ya apuntaba maneras impetuosas para ello), el autor de Cien años de soledad le hizo un retrato para la prensa internacional donde dejaba abierta la puerta a un futuro caudillo carcomido por la esencia de las visiones más panamericanas de su continente. El culto a la personalidad que se ha desatado tras su óbito es una prueba fehaciente de que Chávez iba camino de perpetuarse a sí mismo entre los narcóticos del poder.
La muerte de este prototipo de ambición demagógica ha desatado en estas jornadas luctuosas el ensayo sobre la mayor o menor bondad para la historia del régimen chavista, con cánticos coincidentes sobre la singularidad de un modelo calificado por algunos de los escribientes como dictablanda, en contraposición a tiburones tan ahítos de mal como lo fueron Pinochet o Videla (ahora en el banquillo por la Operación Cóndor, plan multinacional del exterminio de los izquierdosos). Un juicio moderado, apto para los titulares de los gobiernos de Bielorrusia o Irán (excéntricos aliados de Venezuela y presentes en los previos a la ceremonia de momificación), pero impresentables para los que aspiran a la limpieza electoral, a unos mecanismos constitucionales contrarios a la idea de perpetuarse en el poder, a la transparencia institucional suficiente para saber si Venezuela cobra o no la factura de sus exportaciones de petróleo o a un sistema de control para evitar que determinados clanes consigan posiciones ventajosas. ¿Importa o no importa ello a los venezolanos? Aquí habría que bucear en la amargura depositada por Vargas Llosa en El pez en el agua, donde reflexiona sobre su frustración al perder la carrera presidencial frente al palanquín de Fujimori, pero sobre todo en cómo el populismo puede desplazar en Latinoamérica el interés por principios democráticos intocables en Europa (o que al menos él pensó que iban a poner la balanza a su favor).
En la trayectoria de los que inspiraron el llamado género de las novelas de los dictadores, flujo y reflujo permanente para el Boom latinoamericano, no puede quedar a atrás Yo el supremo, un título como anillo al dedo para la etapa de idolatría por que transitan ahora los venezolanos. Augusto Roa Bastos refleja en su libro las aberraciones de José Gaspar Rodríguez de Francia, el tiranosaurio de Paraguay. En el laberinto de los caudillos, enredados en la selva de su bipolaridad o en los vicios de estercolero (el dominicano Rafael Trujillo por las niñas vírgenes en La fiesta del chivo), no me resisto a rescatar una borgería de Borges a la hora de definir a Perón, al que se le ha visto cierta ascendencia sobre el de Venezuela. Dice el autor de El jardín de los senderos que se bifurcan: “Perón era un demagogo irresponsable. La prueba es que dejó al país en manos de una pobre infeliz y de un astrólogo que estaba completamente loco y cuya mayor ambición era ser comisario de policía”. La puntería analítica del ilustre ciego no le sirvió, en todo caso, para calibrar su entusiasmo por la caída de la llamada Revolución Libertadora del peronismo y por su vuelta al puesto de la Biblioteca Nacional (fue destituido y mandado a mercados para certificar la salud de los pollos y cerdos). Su alegría por el golpe militar le costó el Premio Nobel de Literatura, aunque en 1980 mostró su arrepentimiento por apoyar a “unos caballeros” que aplicaron un plan sistemático de torturas y desapariciones. Así de complejo es el continente.
De acuerdo con que a Hugo Chávez no se le han descubierto salas de tortura ni tampoco que haya tirado al mar a opositores que le ponían en cuestión, y que por ello, según dicha reflexión, nos encontraríamos ante un caso de mera apropiación estética y de realización de una democracia acorde con un determinado nivel de desarrollo social y en estado permanente de guerra frente a las multinacionales. ¿Serían justificaciones para la opereta de Maduro, el presidente encargado? ¿Resultaría lícito pedirle más democracia a un estado agobiado por el menester de reducir la pobreza en sintonía con lo que es su buen entender? ¿No caeríamos en el eurocentrismo por descalificar su proceder democrático frente a los modelos de nuestra vieja Europa? Retornar aquí a la tensión literaria del poder político en Latinoamérica no es, ni mucho menos, para anunciar con campanas al vuelo la fragilidad por la que atraviesa Venezuela desaparecido su timonel.
Volver al cosmos de los escritores del Boom es advertir sobre el transcurrir de esa maravillosa tierra, siempre espantada (aunque a la primera no lo coge) de los militarotes que engrasan sus fusiles para hacer la revolución y luego endiosarse dando órdenes para matar, enriquecerse, amargar a un pueblo o empobrecer sus vidas. Ha sucedido así con las que vieron en la desaparición de las desigualdades el motor de la historia (Che Guevara, caído en Bolivia en su guerrilla contra la oligarquía), con otras que trataban de romper el estatuto de los poderosos frente a los campesinos (el comandante Marcos, con su revolución zapatista en México, o Sendero Luminoso en Perú) o con los que lo consiguieron y hoy están en el limbo de la Historia (Fidel Castro, los sandinistas)...
Todo empieza por el ideario, que acaba siendo pasto de las llamas de la omnipotencia. Sólo hay que preguntarle a Guillermo Cabrera Infante, muerto exiliado en Londres.
Publicado: 21/02/2013
En la película 'Lincoln' resulta vibrante ver los debates entre republicanos y demócratas en el nacimiento de la democracia americana. Todavía no es estaba diagnosticada por los sociólogos la tendencia a la demagogía de los representantes públicos, y alli había mucha. Las facciones se ponían a caer de un burro, empleaban artimañas dialécticas miles, el salón se llenaba de risotadas, los manipuladores hacían de las suyas y los periodistas afilaban el lápiz en la tribuna para apuntar el improperio más grande y llevarlo lo más rápido posible a la imprenta. Sus señorías hacían lo posible y lo imposible para no entrar el trapo y arruinar las negociaciones (o las compras de voto) que hacían los hombres de paja del presidente. Pero la contención oportunista, en modo alguno, llevaba consigo la pérdida de pasión. La bajada de audiencia televisiva del debate del Estado de la Nación demuestra, primero, que una nube de moscas tendría trabajo de sobra sobre el mortecino ambiente del Congreso, donde proliferan, por desgracia, los prohombres que hacen carrera política y a los que nos les importaría jubilarse con las ventajas que tal menester procura, y segundo, decía, que allí no se habla de lo que interesa al común, es decir, que circula la autocensura, la corrección y la alfombra persa. Los españolitos de a pie aspiramos a alguna bronca, pero nos vamos a quedar con las ganas.
Publicado: 19/02/2013
Debe ser de una tensión necesitada de valeriana estar a punto de llegar a la gala, tener la resolución de la nominación en el cogote y no disponer de algún tipo de reivindicación a mano para sorprender a la audiencia. Fernando Trueba, al que apartaron sin compasión de los galardones, mirando para un lado y para otro (como es natural en él), mostró su enfado a un periodista que le preguntó, antes de la fiesta, por la posibilidad o no de que los Goya estuviesen en línea con el malestar social. El director de la inolvidable Belle Époque le espetó, más o menos, que él no estaba allí para venir con el eslogan dentro de la cartera y soltarlo para quedar bien. “Estas cosas surgen y ya está”, afirmó con tono agrio.
Y es que el problema de partida está en que hay una combinación entre Armani y los desahucios, o entre Dior y la falta de medios de la sanidad pública, o entre el laboratorio de Eva Hache y lo correctamente académico... Entre la indignación sorda y la imposibilidad de llegar al punto de que el ministro Wert coja la chaqueta y abandone la gala enfadado por las protestas. Estaría bien, pero quizás no haga falta llegar a tanta taquicardia: Marlon Brando rechazó el Óscar por El Padrino. En su lugar envió a la ceremonia a una actriz estadounidense de origen indio, a la que le pidió que le sacara a Hollywood los colores con un relato sobre el tratamiento que los americanos habían dado a su pueblo. En nuestro lares, sin ir más lejos, el escritor Javier Marías dejó caer al suelo el Premio Nacional, por considerar que otros colegas suyos se lo merecían más que él. El autor de Corazón tan blanco aprovechó, a la hora de hacer pública su decisión, para poner a caldo la política cultural del Gobierno de Rajoy. Otro tanto de lo mismo ocurrió con el artista Santiago Sierra, que no aceptó los 30.000 euros de su Premio Nacional de Artes Plásticas por venir de un Estado que, a su juicio, desmonta la sociedad del bienestar. Es gratificante que la nueva camada del cine español vaya en dirección a la gala con un propósito reivindicativo en el bolsillo de la chaqueta o en el liguero, pero no lo es tanto que dicho resorte pase a formar parte de programa oficial, del guión de ‘vamos a tocar los ... pero sin sobrepasarnos’. Ninguno de los galardonados, claro está, fue más allá de un balbuceo, de una pincelada, de una pose, de un quiero y no puedo... Y estas cosas se hacen o no se hacen, lo demás forma parte del espectáculo de la decencia de la Academia.
Publicado: 18/02/2013
'Blancanieves' en un tiempo de esplendor económico, con el carisma del progreso, hubiese sido un 'collage' de tópicos entre los toros, el flamenco, la ignorancia, el analfabetismo, el caciquismo rural, la envidia nacional, la maldad española, los celos... Cuestiones reseñadas hasta el hartazgo en el devenir literario, desde Lorca a Galdós; cuestiones, por otra parte, que se creían superadas bajo el abrigo de la felicidad consumista, la hipoteca bondadosa y el abrazo europeo. Nada de ello duró, y 'Blancanieves' aparece en el momento en que la picaresca de viste de Jaguar, en un punto en que los consejos de administración están llenos de 'chupasangres' y en una etapa en la que la leyenda negra campa por sus respetos. La bella Maribel Verdú, con su ambición desmesurada, con su carencia de sentimientos, viene a ser la metáfora de la decadencia que brilla.
Publicado: 14/02/2013
La confabulación de las realidades acaba de echar un huevo de oro en el ponedero de la granja de gallinas, donde hay rebelión orwelliana, pero sin llegar aún a una revolución contra los desastres de los gobiernos y sus políticos. Ciudadanos del mundo rico pelan desde hace años una cebolla gigante, capa a capa, para saber qué ocurrió con los juncos que mantenían las estructuras, troceados ahora uno a uno y mandados con toda la basura a esos vertederos modernos llamados bancos malos. Esta alocada búsqueda de la raíz, del principio de todo, decía, ha coincidido con la supuesta aparición (muy extravagante, por cierto) de una controversia a partir del cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, pintura del sexo de la mujer, de la vulva, del erotismo, de la sensualidad, vetada a la vista durante décadas, adquirida por Lacan tras apropiársela los nazis, y expuesta en la actualidad en el Museo D’Orsay después de que los herederos del psicoanalista (su último propietario) liquidasen sus impuestos con la entrega de la sugestiva obra.
El episodio que afecta al orbe artístico, que fue portada en Paris Match, consiste en la supuesta aparición del rostro de la mujer que posó desnuda para Courbet. Un aficionado al arte compró en un mercadillo una cabeza femenina bajo la corazonada de que tenía algo importante entre las manos. Una interrelación aún no explicada le llevó a creer que su cuadro era el gesto facial que le faltaba al cuerpo del desnudo de Courbet. El investigador ad hoc descubrió, además, que su joven (con cara de éxtasis) había sido amante del artista, por lo que el puzle, al menos en primera instancia, se sostenía. Su conclusión final, a partir de los peritajes convenientes, es que el famoso y censurado lienzo había sido seccionado por algún tipo de razón, y que el perturbador pubis había ido por un lado y la cabeza por otro. Los expertos, acostumbrados a todo tipo de fuegos artificiales, mantienen silencio. Quizás el informe definitivo sobre el particular tarde años y años en emitir un juicio, o quizás no se pueda hacer nunca por falta de pruebas concluyentes sobre la supuesta vinculación de los dos cuadros.
La visión de los generales de Hitler adormecidos en la amnesia durante las sesiones del Juicio de Núremberg, y por otro lado las imágenes terribles de las fosas de los campos de concentración. Al final triunfó la verdad, y el mundo entero conoció el plan que perpetraron para desarrollar la llamada Solución Final. Encontrar el origen, buscar la verdad, desenmarañar el ovillo y encontrar la punta del hilo siempre ha sido uno de los objetivos de progreso de la sociedad; incluso gobiernos, políticos, escritores o artistas no han dudado en reconocer décadas y décadas después su error y pedir perdón. Cameron acaba de disculparse en el Parlamento británico por “las espantosas negligencias” que se cometieron entre 2005 y 2009 en un hospital del centro de Inglaterra. La indagación de los afectados logró encadenar una tragedia tras otra y formar el bodegón aproximado de lo qué había ocurrido en el centro hospitalario. A veces desaparece por motivo biológico el testimonio clave y resulta imposible aclarar qué sucedió con los niños robados del franquismo, como ha ocurrido con la muerte de la monja imputada, pieza clave en el procedimiento judicial. En Alemania, la ministra de Educación ha tenido que dimitir por plagiar su tesis doctoral, una deshonra universitaria descubierta por un grupo de ciudadanos que se dedican a cribar en Internet los supuestos méritos de los vips. Sin ellos, la señora Anette Schavan o el barón Karl Theodor, exministro de Defensa con un problema similar, no se hubiesen ido para sus casas.
Igual que una obra de arte mutilada que encuentra su otra parte. Pero en el caso de la economía, del comportamiento político o del cumplimiento de los valores democráticos es distinto. La búsqueda de la pieza extraviada, escondida, puesta a buen recaudo, tiene que ver con el ataque al bienestar familiar, con los derechos, con la transparencia, con el acceso a la información... Tiene que ver con el malestar social y la sensación de que los ciudadanos están siendo engañados, que no tienen acceso a una liturgia donde una serie de señores han levantado una superestructura para ocultar sus sueldos, las dádivas que reciben, los privilegios de los que disfrutan, los lazos que les unen a una clase económica que se beneficia de su gestión política. Hay un hartazgo ante el valor superlativo que tienen los códigos mafiosos frente a una Justicia carente de medios materiales, ahogada por las diligencias y perseguida hasta su yugular por abogados que tienen como cabeza de toro de su salón la testa disecada del juez Garzón. Pero volvamos al siempre seductor cuadro de Courbet: el mundo, claro está, ya no tiene mucho que ver con la caligrafía contable de Bárcenas ni con los circunloquios de mesa camilla de Rajoy. Sus obstáculos, el recurso de la mayoría absoluta, el permanente desvió de responsabilidades, pudieron ser instrumentos eficientes a lo largo de una etapa que ahora empieza a ser superada. Para su desgracia, la globalización de los datos, las versiones digitales de los archivos públicos o los cruces de información entre las bases de conocimiento permiten atravesar barreras que antes eran infranqueables. Destapar el tapón de las esencias sólo tiene que ver con la curiosidad indómita de algún buscador, que, al igual que el aficionado al arte, acaba dando con una clave que no constaba. De ahí el nerviosismo que cunde: el control viene a ser algo complejo.
En una imagen de Luis Bárcenas por las calles de Madrid, con su abrigo alcaponizado, se ve de fondo el anuncio de cerámica de una tasca castiza donde se come cocido y se sirven porras, churros, picatostes, tartas de la abuela y chocolates con torrijas. La publicidad del local resulta encantadora, literaria, inocente... Detrás del contable pasa un currante vestido de blanco, quizás un respetable pintor de brocha gorda, que lleva un pitillo detrás de la oreja y que va afanado a cumplir con un encargo, todo lo contrario que B., casi acabado de salir de la ducha, con una cartera de piel debajo del sobaco y fresco como un pulpo. ¿Y todavía preguntamos si hay que ponerle una pulsera para que no se escape del terruño?
Publicado: 11/02/2013
Publicado: 4/02/2013
Bárcenas como escalador de montañas; Bárcenas como esnifador de todas las esencias habidas y por haber en el seno del PP; Bárcenas como aprendiz de contable y respetuoso sacristán de una tradición; Bárcenas como tesorero omnipotente que corta la tarta mes a mes y reparte las porciones; Bárcenas como Luis el cabrón, ya sea por menguar con su orden una cantidad acordada, ya sea por sus ganas de ganarse una nueva adhesión y girar 180º en sus afinidades con los consiguientes efectos colaterales para otro siempre engordado ... Hubo un tiempo en que los herederos de los grandes dinosaurios que cambiaron la faz del país, de la camisa azul a los brotes democráticos, consideraron los partidos políticos (AP en especial y UCD como es natural) meros alargadores de sus empresas desarrollistas, forjadas a lo largo y ancho por los favores enchufistas de la rancia burocracia de Franco. Todo se confundía: industrias, títulos nobiliarios, pasilleos en los ministerios, ventas de licencias... Y cuando el chivo de la capa de armiño empezó a recibir experimentos clínicos de su yerno, cual doctor con ínfulas de llegar a Barnard, la ambición y el porvenir se desataron para ver quién cogía el testigo y le daba la vuelta a la manivela para poner en marcha lo que con el tiempo llamaron la Transición. Nadie tenía mucha idea de lo que era una democracia y mucho menos sobre el funcionamiento moderno de un partido político, regulado y formateado con transparencia, más allá de liderazgos mesiánicos, con las cuentas claras y supeditado a los controles públicos.
Todo se mezclaba, repito, y a nadie le pasaba por la cabeza identificar con letras y apellidos al donante. Un requisito que aún hoy es incumplido, siendo aceptado así por el Tribunal de Cuentas, cuyos medios para proceder a la fiscalización de dichos procederes son una antigualla. La fascinación por el poder que asomaba tras la muerte de Franco convirtió en secundaria, cómo no, la preocupación por las cuestiones de las idas y venidas de los billetes que llegaban a la tesorería. Los herederos de los dinosaurios, la mayoría con número principales entre los opositores a los Cuerpos Generales del Estado, tampoco priorizaron sobre la turbia cuestión. Es más, no sólo ellos: el tema de las perras pasó a ser para siempre negro, estigmatizado y secreto para el resto de los partidos, que desde el PSOE, a IU o CiU han padecido, en mayor o menor medida, sus escándalos por irregularidades dinerarias o por quiebras de empresas vinculadas al apartado de ingresos de dichas formaciones. En este país es sabido por cualquier hijo de vecino que la arquitectura legal de la Transición se despreocupó (o no le dio la gana) de poner orden y concierto en la sospecha de que hubo, había y hay pago de comisiones por libre (a título individual) y a partidos a cambio de elementales o abundantes progresos de iniciativas dependientes de la administración pública.
Bajo la estupefacción general y la rebelión ante la sede de Génova, el acertijo nacional es hasta qué punto sabía Rajoy de los entresijos o entrañas del sistema contable del PP. En una democracia madura, apelar a declaraciones juradas ante otro tesorero sobre el cobro o no de sobresueldos resulta, digamos, patético. La mentira o no de algo que incumbe (y que no sólo es del partido) a los procedimientos de acceso al dinero público debe ser ventilada en sede parlamentaria, y es de allí, de lo que se diga, de donde saldrá la confianza a o la desconfianza, es decir, la dimisión o no. Por desgracia, en España los diputados ni senadores pueden someter a un presidente a proceso por perjurio, a la manera que lo fue en Estados Unidos Clinton (salió absuelto de culpa, por cierto) por el caso de la becaria Mónica Lewinsky. También estuvo a punto de ello Harry el sucio, Richard Nixon, aunque dimitió. Y que se sepa, ambos asuntos no resquebrajaron el sistema; todo lo contrario, son capitales para entender la democracia del país más rico del mundo.
Pero supongamos (que ya es suponer) que el ahora presidente del PP ni sus antecesores conocían las mañas de Bárcenas, y que su caja registradora funcionaba sin que ningún superior orgánico pudiese meter la nariz allí. Y supongamos, además, que nadie del partido tenía conocimiento de la cuenta con 22 millones de euros que el tesorero tenía en Suiza. Y supongamos, por otra parte, que toda esta maquinaria, tan bien engrasada, no provocaba ningún problema, sino que nutría al partido de una financiación estable, suficiente para gastos de representación, imprescindible para los supuestos sobresueldos aireados y correcta a todas luces para que Bárcenas estuviese a punto de tocar el cielo gracias al poder que le daba estar al corriente de la metodología. ¿Serían todos ellos motivos para justificar que estos herederos de los grandes dinosaurios mirasen a otro lado? ¿Sería entonces adecuado el afán mimético frente a tales prácticas, enquistadas, pasadas de mano en mano como si se tratase de un caudal hereditario que no admitía ruptura? Sólo pensar en una tradición así nos lleva a la conclusión de que la democracia ha sido despreciada, y segundo que los protagonistas por acción u omisión son también los personajes de una generación que ha destartalado su vocación de servicio público, pese a ser la mayoría opositores de fortuna.
Seamos responsables, Bárcenas no hubiese rellenado su cuaderno de cuadros por el sólo hecho de recrearse o de acallar una frustración personal. Este tesorero tan aficionado a llegar al pico más alto (o al menos es lo que cuenta él) llevaba años instalado en su grafía meticulosa por razones de alpinismo de alto riesgo: una de ellas, que los viejos códigos heredados del franquismo terminal fuesen un día tocados por advenedizos, elementos devastadores gurtelizados, un grupo de nuevos ricos de yates y villas, horteras de bigotes y fijador chorreante, exhibidores de las mieles del poder, aspirantes a contables, ralea insaciable y trepadora. Por todo ello, seguro de que nada sería eterno, Luis Bárcenas apuntó como un descosido, con letra inocente, a la espera de la celebración del día en que él, tratante de tantos secretos, fuese puesto entre la espada y la pared, bajo los focos del juez como el tipo que paga la cuenta.
Publicado: 31/01/2013
El destape de la 'caja negra' de la contabilidad interna de un partido político produce cierta estupefacción. Sus votantes no quieren creer que estas organizaciones funcionan como una empresa, o más bien sumergen sus sospechas bajo la idea de que es más importante el programa que las cuestiones pecuniarias. ¿Qué ocurre al conocerse lo contrario: que todos cobraban por todo? De la sorpresa se pasa a la ira, luego al desencanto y más tarde al nihilismo. Los papeles que suelta Bárcenas a goteo, a la manera de un contable de Alcapone al que los inspectores le pisan los talones, demuestran que los personajes que se dedican a la política, al menos los del PP, están viciados por el deseo de la acumulación, por crear alianzas y silencios que se traducen en emolumentos oscuros, de procedencia incierta, enriquecedores. Llegados a este punto sólo cabe la confesión: la marrullería de los líderes choca con la transparencia cristalina que nos ofrece, así de paradójico, un personaje de las cloacas con sus asientos contables de grafía de oficinista con mesa de caoba.
Publicado: 28/01/2013
En la película En la casa François Ozon desarrolla el juego perverso de un profesor, Fabrizi Luchini, que se confabula con un alumno con dotes literarias que le hace babear de gusto con sus relatos sobre las interioridades de una familia en la que el terrible adolescente se ha colado. El docente, que al principio llevaba la batuta, acaba siendo superado por la inteligencia de su pupilo, y lo que en principio parecía un inocente pasatiempo termina de manera trágica. Sin tener en cuenta este final abrupto, esta semana nos hemos tropezado en el acelerador de partículas que parece la realidad política española con Amy Martin, seudónimo de Irene Zoe Alameda, que de acuerdo o no con su marido o exmarido, Carlos Mulas, directivo de la Fundación Ideas del PSOE, inició también un portentoso y rentable juego literario que se ha llevado por delante al cónyuge. La joven rubia, por lo que ella misma reconoció en una carta pública, firmaba para el think tank socialista sesudos artículos sobre economía y crisis remunerados a 2.000 o 3.000 euros la pieza. La autora sentaba doctrina y hasta era normal afirmar “como ha dicho Amy Martin en su escrito, como ha recapitulado Amy Martin después de la cita de Krugman, como ha expresado Amy Martín con una concisión envidiable...” Hasta que un día, coincidiendo con el temporal de los sobresueldos en el PP, va el exministro Caldera, vicepresidente de Ideas, y se cepilla al Mulas por contratar a una falsa articulista. En la atmósfera, cómo no, interrogantes miles sobre la bella rubia (bueno, Caldera no tenía pajolera idea de su aspecto pese a estar él en la cúspide de Ideas), su paradero, su preparación, su origen... Ella misma, tras la caída de su exmarido o marido en desgracia, sale a la palestra con una epístola muy literaria en la que cuenta que el seudónimo tiene su origen en el afán novelístico, y que el bueno de su compañero no tiene nada que ver en el feo asunto. A Mulas, por tanto, lo ha devorado la frivolidad de la chica, o bien amañaron entre los dos un sustancioso dúo.
Toda la trama que he expuesto, y a la que aún le falta más de una hijuela, no me sirve para otra cosa que para hacer el asiento correspondiente sobre la felicidad de los trepas, y cómo estos pueden convencer a organizaciones enteras sobre las bondades de su intelecto, de su capacidad de trabajo y de la rentabilidad de todo lo que tocan con las yemas de los dedos. ¿Son los partidos políticos el mejor paraíso para las veleidades de estos sujetos? Nuestra Amy Martin, a la que le sale por los ojos un tufo autopromocional tremendo, le han destapado, a raíz de la explosión de sus artículos, una longaniza de subvenciones para cortos, poemarios posmodernos y puñetas musicales con un grupo de tendencia gótica, una música que sonó cantidad en La Moncloa por predilección de la hijas de Zapatero. Y mientras ella derramaba su cerebro multidisciplinar (¡ah! me olvidaba de que fue directora brevísima de Instituto Cervantes de Estocolmo) su marido o exmarido (no se sabe bien cómo es el vínculo) también extendía su tentáculo hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI), donde como asesor se despachó con un estudio sobre la crisis de Portugal que llamaba a una especie de holocausto para los sueldos de los empleados públicos. En la Fundación Ideas (¡si Pablo Iglesias levantara la cabeza!) ni olerlo: Amy Martin, Irene Zoe Alameda, había dejado a los intelectuales orgánicos que leían sus artículos en posición de sedados, dispuestos a untarse unos a otros con verbalizaciones sobre la estupenda generación que les ha caído encima, la raigambre marxista que asoma en sus argumentarios, el poder emergente de la emprendeduría hecha carne... Y sobre todo: ¡qué nombre más delicioso el de Amy Martin! Tan renovador, tan fresco, tan lejano de la tortilla y la pana... Tan de Manhattan. Tan Paul Auster. Tan de aeropuerto en aeropuerto...
¿Pero quién coño es? ¿Es difícil averiguarlo? ¿Quién la contrató? ¿Cómo ha llegado hasta nosotros? ¿Es una infiltrada de la maldita FAES? Una letanía de improperios cayó como un manantial, patio abajo, en la sede de Gobelas. El secretario de Organización del PSOE, Óscar López, ha llamado “golfo” a Mulas, un tipo, según el detalle académico que circula por ahí, doctor por Cambridge. Un sujeto, en definitiva, que ha pulverizado su presente (el futuro no se sabe, España es un país que da muchas vidas) y que ahora hace su maleta con la rubia Amy Martin, que ha defendido su honestidad, que se ha comprometido a devolver los miles de euros obtenidos por artículos de reflexión y a la que la devastada profesión periodística no le queda más remedio que preguntarle: querida Amy ¿cómo lo hacías para cobrarle a Ideas tantos euros por pieza? Gómez de la Serna, que parió gueguerías como un condenado en su exilio, se hubiese construido un circo para él sólo, que era a lo que siempre aspiró, con tanto dinero. Umbral, otro pesado de la frase, hubiese contratado un spleen Madrid para todo lo que le quedaba de vida. Y César González Ruano, todo un figurín, invertiría lo suyo en hacerse con los premios literarios más en boga. ¿Para qué tanto sacrificio después de lo visto con Amy Martin? Cualquier vendemotos o abrazafarolas se hace un plan de vida, desmocha cuatro adjetivos, tira de un libro de citas, besa la mano a más no poder, no lleva la contraria, cierra las puertas, sacude el cojín, enciende la televisión, carga el móvil, no pone ni un pero al discurso, baja las ventanillas del coche, manda flores... Y encima, cómo no, evita tensar la cuerda del arpa para que el partido sea igual que una balsa de aceite: ya tienes el puesto ganado, y ahora a ver crecer al monstruo.
Carlos Mulas y Irene Zoe Alameda, comidos por Amy Martin, se habían puesto a su disposición para levantar una familia en el seno del PSOE y buscar una vía intermedia entre Chacón y Rubalcaba, hubiese escrito un negro en plan contrapropaganda. Una vez desarticulada la operación, intensificada a partir de los sobresueldos del PP, queda demostrado que Ideas es un garito de cuidado, donde las ideas, valga el respeto a los pensadores, se manejan por catálogo, igual una marca de camisa, o a la moda de Amy Martin, chica que busca la fama. Al contrario que Bárcenas, que puso en marcha el helicóptero del dinero sucio.












