M. Vallés
Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le permitió escribir de asuntos más frívolos. Ha entrevistado a Catherine Zeta-Jones, Claudia Schiffer, Margaret Thatcher, Farah Diba y María Jiménez. Su firma ha aparecido en todos los periódicos de España, no siempre en las páginas de los delincuentes más buscados. Recibió el premio Ciudad de Palma de manos de Joan Fageda, porque ningún otro partido se atrevería a galardonarle. Felizmente casado con su primer microondas, fue madridista hasta que Florentino vendió a Etoo al Barça.
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Una cuenta atrás hacia las elecciones más importantes (y previsibles) de la democracia reciente.
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Causas perdidas
Publicado: 3/04/2013
El magistrado instructor coloca sobre sus hombros el desmantelamiento de una trama de corrupción en el núcleo de La Zarzuela
El siempre superfluo Rajoy acababa de destacar, en su sesión de democracia liofilizada y televisada, que “no es verdad que haya en España un estado generalizado de corrupción, eso son insidias”. El presidente del Gobierno elige su vocabulario con tan escaso tiento que, de inmediato, el país quedó conmocionado por la descripción judicial de “un Estado generalizado de corrupción”, porque la trama corrupta habría asentado sus reales en La Zarzuela. El escándalo Urdangarin pasa a titularse caso Cristina.
La Familia Real también cambia su denominación a familia real. En 18 folios, el magistrado José Castro carga con el Estado. No contra el Estado, cuya jefatura ha cometido suficientes errores a lo largo del escándalo para autodestruirse. La figura funcionarial del juez de Instrucción, creada por Napoleón como la persona más poderosa de su Imperio, deposita sobre sus hombros la responsabilidad de desnudar y desmantelar una trama corrupta, anidada en la cúpula de origen divino de los poderes terrenales.
El alivio de los medios nacionales, ante la oportunidad de suprimir a Rajoy de sus portadas, no debe ocultar que España vivió ayer el acontecimiento más relevante del siglo en curso. El auto judicial utiliza en 17 ocasiones la palabra “Rey” y, en una muestra de humor que hubiera aplaudido Buster Keaton, se apropia de la perogrullada “la justicia es igual para todos”, portaestandarte de Juan Carlos de Borbón en el abordaje del escándalo protagonizado por su yerno y, a partir de hoy, también por su hija predilecta. El matrimonio cenó en La Zarzuela en la pasada Nochebuena, y su vertiente funcionarial queda sobradamente acreditada por sus fuentes de ingresos.
La imputación de Cristina de Borbón es tan razonable que Castro no concentra tanto sus esfuerzos en justificar la convocatoria de la hija del Rey en “la recta final de la instrucción”, sino en detallar por qué se abstuvo de adoptar la categórica decisión en alguna fase precedente. La invariabilidad de las circunstancias es la única vía de abordaje de una fiscalía anticorrupción que arriesga su prestigio, en el intento de atajar ante la Audiencia de Palma una hemorragia de sangre azul.
La ministra Ana Mato habrá leído con suma atención el auto que imputa a la esposa como beneficiaria de la presunta corrupción de su marido. Tal vez “la justicia no es igual para todos los ministros”. La situación inédita en que el descaro de Ignacio y Cristina ha sumido a España, está resumido en el auto con un lenguaje que alcanza y hiere al pueblo llano. Sin su conexión con el Rey, ¿qué institución o empresa hubiera dado un euro a Urdangarin por asesoramientos y aquelarres fantasmales? Y sobre todo, ¿estaría ya imputada Cristina de Borbón, si no fuera hija del Jefe del Estado? Castro utiliza el argumento comparado de que otros juzgados “en casos similares es muy escasamente probable que prescindieran del trámite”.
La monarquía constitucional se funda en el “antes leyes que reyes” del que blasonaban las instituciones aragonesas. Paradójicamente, el poder legislativo español ha abdicado de esa máxima al sumirse en un silencio promiscuo en torno a la imputación de la Infanta. PP y PSOE han coincidido de nuevo en servilismo cortesano, felices los socialistas de asentir de nuevo al dictamen de su hermano mayor de la derecha.
Ante la dimisión bipartidista, tendrá que ser la calle quien recuerde al insulso Alfonso Alonso –el peor portavoz del PP a excepción de Floriano– que la monarquía es un pacto entre iguales. El escándalo Urdangarin, al que se sumó La Zarzuela con entusiasmo, dirime quién ha violado la alianza democrática. En casos similares, la ruptura corresponde a quien obtiene una mayor recompensa económica con ella.
Cristina es inseparable de Ignacio. La dimensión y calificación de su participación en el vaciado de las arcas de Balears y Valencia pertenece al orbe judicial. Sin embargo, nadie negará su voluntariedad al inscribir su preciado título en la cúpula del filantrópico Instituto Nóos. O al beneficiarse en un 50 por ciento de los consejos de administración que consiguió su marido, a cambio del simulacro de desvincularse del altruismo millonariamente remunerado. La permanencia de Cristina de Borbón –titular hasta fecha reciente de una simpatía generalizada, que nunca se contagió a su hermana Elena– en alguna rama del árbol sucesorio no lastima a su persona, sino a la corona y, por ende, al Estado.
Los monárquicos irreductibles concluirán que la situación se encarrilaría si la corona española se convirtiera al catolicismo y a sus principios evangélicos. El papado se ha visto obligado a un tránsito similar hacia la fe católica, pese a la renuencia de las jerarquías vaticanas a tan arriesgada metamorfosis. A propósito, procede contradecir a quienes sostienes que, sin crisis económica, no hubiera aflorado el escándalo Urdangarin. En realidad, sin estos saqueos no se hubiera llegado a una angustia económica de reversibilidad tan dudosa como el descrédito en que algunos de sus miembros han sumido a la antaño Familia Real.
Publicado: 13/03/2013
Con su singular sentido del humor, el Espíritu ha designado al único argentino que no vio los goles de Messi contra el Milan.
Publicado: 11/02/2013
Publicado: 31/01/2013
Confesión de parte: Nunca me hubiera imaginado que vería algo parecido. Empieza el análisis: El PP ha confirmado mediante un desmentido la información de El País sobre el libro con la contabilidad oscura del partido, cuya existencia y contenido se habían adueñado de los mentideros madrileños. En las páginas de carpetovetónico diseño se anotan pagos sustanciosos a la práctica totalidad de los altos cargos populares. En su actual configuración, los abonos se convierten en el mayor escándalo de la democracia, un reto para la capacidad de asombro de una ciudadanía desbordada por la voracidad de sus representantes. Los recortes no afectaban a los políticos conservadores. Súbitamente se comprende la encendida defensa que Rajoy hacía de Bárcenas, mientras el presidente del Gobierno se vanagloriaba de que “yo no le debo nada a nadie”.
En su famélica defensa, el PP niega “el pago sistemático a personas concretas” de haberes distintos a la nómina. La clave radica en el magro escudo protector de la palabra “sistemático”. Añaden los populares desarbolados que los manuscritos no son “contabilidad de esta formación política”, una denominación que debieran dejar en manos de Bárcenas y demás coautores del libro contable. Rajoy, Cospedal, Cascos y Rato deben limitarse a constatar si cobraron o no esas cantidades en las fechas anotadas, y si sintieron alguna inquietud por su procedencia. O si la percepción modificaba su perspectiva sobre los 22 millones que amontonaba Bárcenas, simultáneamente a los aparentes sobresueldos de la cúpula del partido.
La estricta caligrafía contable se hace más ominosa que una anotación electrónica. Según sus tesoreros, el?PP pagaba a mano y en mano, mientras reclamaba disciplina fiscal. Entre las patrañas desmontadas por los pagos figura la lamentación continua sobre la exigua remuneración de los políticos españoles. Por lo visto, encuentran vías de financiación paralelas, reclutando a constructores con contrapartidas demasiado evidentes en la destrucción inmobiliaria de España, patrocinada curiosamente por los propios perceptores del libro de contabilidad.
Cuando se empezó a hablar de sobresueldos en la sede del PP, los hoy afectados miraban hacia otra parte, como si chóferes y auxiliares administrativos hubieran sido los destinatarios de abultadas remuneraciones. Sin embargo, los nombres del listado son fáciles de identificar salvo que se trate de pseudónimos. La cacareada declaración a posteriori de los pagos no alivia las dudas sobre el origen del dinero, que debió asaltar a presidentes y secretarios generales de un partido cuya jaculatoria es la regeneración de la vida política. Rajoy no puede seguir así, y tiene que asumir la carga de la prueba. O plantearse si su cargo estaría mejor cubierto por alguien que cobre un poco menos.
Publicado: 26/11/2012
Artur Mas acaba de descubrir que la pérdida de una paga extraordinaria es más importante que la independencia, para buena parte de ciudadanos catalanes. Este desfallecimiento patriótico no ha llevado al president a desconfiar de sus principios, sino a perder la fe en su pueblo. En la noche electoral incurrió en un desliz reiterado, achacable antes a su condición de campeón noqueado que a una pulsión antidemocrática. A su juicio, los votantes se equivocaron al privarle de la “mayoría excepcional” que predicaba. Su decepción con la ciudadanía le llevó a un paso de concluir como Brecht que no se precisa un cambio de Govern, sino de electorado.
Sólo hay algo más peligroso que poner en duda el resultado de unas elecciones, cuestionar el talante de quienes han participado en ellas. Extraña conjura, dado que Mas también tuvo derecho a depositar su papeleta, aunque el president nublado por la rabia considera en realidad intolerable que el ciudadano se haya tomado el voto por su mano. Tradicionalmente, los votantes querían ganar, y se orientaban de acuerdo con los sondeos y la atmósfera predominante. En Cataluña ha vuelto a demostrarse que la ciudadanía rebelde y desconfiada ha perdido el miedo a la derrota. De ahí que cada partido político haya engendrado a una formación disidente que desprecia el voto útil. CiU potencia a ERC que alumbra a las CUPs, donde cada organización se considera más impoluta que su predecesora. El PP que avaló a la Generalitat se desangra en Ciutadans, que también presume de mayor autenticidad. Y el PSC trasvasa sus electores a Iniciativa. Cuando los socialistas se decidan a restaurar su patrimonio, no tendrán patrimonio que defender.
Artur Mas quiso acelerar la historia, y sólo la ha polarizado. No pretendía liberarse de España, sólo quería independizarse de la engorrosa familia Pujol. El Prometeo encadenado tras desafiar a los dioses ofreció la peor versión de sí mismo a la hora de hacer balance. Compareció irritado y cascarrabias, disonante en un país donde Rajoy garantiza una degradación sin sobresaltos. De hecho, Mas debió tomar ejemplo de la representante del partido relegado a la cuarta posición, porque Alicia Sánchez Camacho bebía cava como si su resultado tuviera la mínima relevancia. Parecía la candidata residual de un partido comunista nostálgico, en un país que había abandonado el comunismo.
Mas considera que con los actuales catalanes no hay “mayoría excepcional” posible. A continuación, le asalta la tentación instintiva de silenciarlos o cambiarlos. La generosidad inclusiva de quien se sentía independiente ha degenerado hacia la exclusividad. Es una secuela que se viene repitiendo en todos los comicios encaminados hacia un horizonte a veces llamado Grecia. La fragmentación con tendencia a la atomización coloca a CiU tras las elecciones en la posición ideal para convocar unas nuevas elecciones, y así sucesivamente. La mejor receta para Mas consistiría en recuperar la humildad, aunque tal vez sea un lujo que no se puede permitir.
Publicado: 14/11/2012
No es una crisis económica, sino una mutación, en la acertada definición de Michel Rocard. Durante la primera parte del experimento, no se ha mutado sino amputado el sueldo a millones de ciudadanos o trabajadores o consumidores. En la mayoría de casos, se garantiza la irreversibilidad de la pérdida. La modificación genética a gran escala se debió a un error de los laboratorios financieros, víctimas del hubris al creerse por encima de las leyes físicas y humanas. En resumen, ¿para qué sirve una huelga general semestral?
La mutación estimula la contradicción.
Peligra la dieta de miles de familias, pero no el iPhone. El Wall Street Journal vuelve a cebarse en la paradoja de un desempleo millonario con “chachas” –en castellano en el original– sudamericanas, “porque las mujeres españolas se consideran demasiado buenas para ese trabajo”. Los extranjeros siguen sin entender nada, pese a su afición por la lectura del Quijote.
La huelga general se queda corta, no triunfa porque parece insuficiente, en comparación con el deterioro de la situación. El descontento social es demasiado grande para canalizarlo a través de los procedimientos clásicos de confrontación laboral. Un paro también es un diálogo, y una prueba de implicación en la actividad económica. La resistencia a secundar la huelga no prueba la comunión con los objetivos de la empresa pública o privada, sino el desistimiento masivo.
La convocatoria de huelga del 14 de noviembre carece de la gravitas histórica que permitiría hablar de un 14N. Sin derecho a abreviatura, cada vez cuesta más concederle poder terapéutico a una suspensión forzosa de la actividad económica. El deslucimiento golpeará a los sindicatos, que dejarán de capitanear las reivindicaciones. La atomización consiguiente –un tweet, un voto– entorpecerá la labor de control y vigilancia del Estado, porque faltan agentes para colocar a los consumidores bajo protección policial, como ha ocurrido en los grandes almacenes. Los empresarios y gobernantes tendrán tiempo de añorar a su interlocutor novecentista, encabezarán rogativas por la recuperación del gregarismo sindical que hoy intentan satanizar.
El discurso trasnochado de UGT y Comisiones empeora en los labios de Juan Rosell, el líder empresarial español que no se atreve a decir si Cataluña debe ser independiente. Su tartamudeo se acentúa al valorar una convocatoria que en su voz torpedea “la recuperación” ¿Cómo explicarles lo que se pierde con una huelga general a quienes lo tienen todo perdido? Y los trabajadores supervivientes esgrimen una lista de reclamaciones tan extensa que no puede ser abarcada por el paro, una cita que comparte esterilidad con las incontables cumbres de la Unión Europea.
El desfallecimiento de la huelga a medias acarrea más problemas de los que resuelve. No marca el fin de las protestas, sino su multiplicación. Las manifestaciones, con su envoltorio de espontaneidad, desbordan en acogida a un paro que acaba siendo tan ordenancista como el horario laboral. La mutación no perdona a la izquierda. Se ha adueñado del cerebro desconcertado de Rubalcaba, cuando predica con el piloto automático que se está dejando “a mucha gente en la cuneta”. Al error de apropiarse literalmente de una expresión de Rajoy, se suma el pecado de proclamar una sociedad de castas, con superiores que rescatan a inferiores. Se suponía que la socialdemocracia eliminaba esa distinción, mediante los mecanismos –educación y sanidad– que evitaban la evolución de la desigualdad inevitable hacia el desequilibrio insoportable que impera hoy.
La desconfianza en la huelga contrasta con la victoria de la calle unánime, al enfrentarse contra el PP/PSOE y la Banca en los desahucios que descargan la crisis sobre “la gente en la cuneta”. La interrupción de los procedimientos es un triunfo revolucionario, que avanza asimismo la mutación que se produce cuando el número se vuelve cualitativo y legislativo. Los argumentos de los partidos hegemónicos sobre la inviolabilidad del aparato de eyección han quedado reducidos a su dimensión mentirosa. Su situación no ha empeorado, porque sólo uno de cada cinco ciudadanos confía aún en sus siglas.
A mayor indignación, menor participación en una huelga que no puede frenar una crisis avanzada. El abandonismo se refugia curiosamente en quienes no han parado. La desmoralización de trabajadores y consumidores, alentada por el miedo a la pérdida del empleo, no es el estímulo más recomendable para vender un producto en régimen de competencia global.
Publicado: 7/11/2012
Obama es el único actor que nos obligó a seguir un recuento electoral con la expectación de una noche de Oscars. La consecución de una nueva estatuilla no reproduce jamás la emoción de la primera conquista, pero el segundo presidente negro de Estados Unidos –el primero fue Bill Clinton– tenía que ganar porque también hubiera sido el protagonista absoluto en caso de fracaso. El papel que interpretaba se debatía entre la victoria de Patton y la derrota de Custer, ¿o era Carter?
El periodismo es una profesión reversible. Obama fue el presidente de la ilusión y repite el resultado desde la desilusión. Romney –presten atención porque será su única mención en este artículo– era la respuesta equivocada a una pregunta correcta, ¿por qué ha decepcionado con tanta fuerza el presidente que encandiló a un planeta descreído? Para liberarse de la responsabilidad entera del desengaño, Obama reivindica en su aceptación un triunfo interactivo, “me habéis hecho un mejor presidente”. Con permiso, el mejor balance de su primer mandato se lo propinó Velma Hart, la entusiasta votante que hace dos años le gritó que “estoy harta de defenderte”.
Las propiedades curativas de la victoria no ocultan la oxidación del segundo Oscar al mejor actor, una vez superada la barrera doblemente erótica de los 269 votos electorales. Se insiste erróneamente en la campaña más igualada de la historia, cuando el 2000 se decidió por un solo voto, entre los nueve jueces del Tribunal Supremo. La ambivalencia del triunfo fue elevada a la categoría de titular de portada por el New York Times. Con su desmesurada tipografía, “La noche de Obama” exalta la oscuridad que ha ensombrecido la aureola del reelegido. De nuevo la reversibilidad del periodismo, porque “La noche de Obama” hubiera titulado a la perfección una derrota.
Vox populi, vox Dei, un recordatorio pertinente para el?Obama que llegó a creerse el “ventrílocuo de Dios” –Nietzsche sobre Wágner–. El presidente repetido ha gritado extrañamente en su primer discurso tras conocerse el resultado, una pérdida de control impropia de quien supo empaquetar la contención como carisma. No las tenía todas consigo. Durante la accidentada campaña, ha contraído una abultada deuda con los Clinton, más difícil de saldar que un compromiso similar con JP Morgan. En el terreno de los indicios que explosionan en el recuento electoral, ¿cuántas personas de color figuraban en la asistencia multitudinaria a los actos del candidato Republicano? Obama no esgrime la raza como una bandera, sino como un distintivo cromático. Además es rico, aunque lo utilice como coartada para pagar más impuestos.
Así baja el telón del mayor espectáculo que vieron los siglos, siempre que se descuente la proclamación esta misma semana de la cúpula de la China Popular. Si su deudor estadounidense –el país glorioso descrito por Obama en su aceptación vive de prestado– votaba con la atención concentrada en el paro y la política fiscal, no se entiende que las búsquedas en Google de “Paul Ryan descamisado” multiplicaran por nueve las indagaciones de “Paul Ryan presupuesto”. Apuntamos al ultraderechista número dos del tiquet Republicano para predecir una radicalización del conservadurismo norteamericano y para relativizar los sondeos. Obama mató a Osama, ese balazo le garantizaba la reelección. El propio presidente se remite en la primera intervención postelectoral a los doscientos años de historia de un país definido por las leyes del western.
Obama cierra su primer discurso como presidente reelecto con una anécdota que incluye “lágrimas en los ojos de todos los presentes”. La lacrimogenia no funciona como cuatro años atrás, porque no está escribiendo un papel, lo está leyendo. Segundos después de su discurso de aceptación, Obama ya había retomado la distancia astral con las diez mil personas que le aclamaban. Es el hombre que sabe estar más lejos de más personas durante más tiempo. Le votan porque le buscan, hay estrategias peores.
Publicado: 18/09/2012
"El tabaco me está matando tan lentamente que a veces me aburro un poco”. Así hablaba Santiago Carrillo con 88 años, las cajetillas ya pueden incluirlo en la lista de víctimas. De no fumar, habría podido vivir hasta los 110. Es el entrevistado más despierto que he conocido, una impresión personal con traslación política. A través del teléfono, era innecesario repetirle o precisarle ninguna pregunta. Respondía de inmediato, pausado pero sin pausas. Los síntomas de alguien que conoce perfectamente su papel en la Historia.
Carrillo ha muerto en plena juventud tabaquista, vistos los odios que todavía suscita entre los integrismos de derecha a izquierda. Es mucho más joven que Cayo Lara, desde luego. Mientras los ultraconservadores insisten en Paracuellos, desaparece el hombre que más hizo por la España que no quería. Ni leninista, ni marxista, ni siquiera republicana. Una monarquía probablemente neoliberal.
Carrillo fabricó un país radicalmente distinto al que predicaba, enemistándose durante el proceso con sus seguidores, pero granjeándose el respeto de la mayoría silenciosa. Cabría achacar oportunismo al viejo león con melena de quita y pon. Sin embargo, en este momento se interpone la imprescindible entrevista que le realizó Oriana Fallaci en 1975, estertores de Franco:
–¿Y si el referéndum que usted sugiere, señor Carrillo, diera la victoria a la monarquía?
–Paciencia. Si el pueblo se decide por la monarquía, haremos política con la monarquía. Nunca me he opuesto a la voluntad popular.
Estaba diseñando unos acontecimientos que no podía prever, y que además debían desagradar a un militante comunista. Al mismo tiempo, desplegaba una capacidad analítica que envidiarían quienes hoy son incapaces de sacar al país del atolladero económico.
Al insistir en las contradicciones de Carrillo, se olvida que la transición del franquismo a la democracia fue en sí misma una incongruencia. Cuando regrese la fe en un proceso que inspiró a países tan diversos como Sudáfrica, Chile o Polonia, se comprenderá que sólo podía ser pilotado por personajes que incumplieran principios que habían abrazado, empezando por el Rey.
El enunciado genérico establece que una transición pacífica hubiera sido irrealizable sin la aquiescencia del?Partido Comunista. Sin embargo, al observar la evolución posterior de esa formación, procede personalizar el éxito en Carrillo. En los inicios de un proceso con aspectos de birlibirloque, fue más importante que Suárez y que González, “con el que nunca tuvimos buena química”. Los papeles del?casting de la transición son caprichosos, Carrillo es el único insustituible. Y el que más cedió en las negociaciones.
La rabia que genera Carrillo se debía a que era imposible no escucharle. La atención enfatizaba el desacuerdo o la fascinación. Desde las tribunas mediáticas de su otoño, era el portavoz ideal de un movimiento social alternativo que no encuentra su esqueleto.
Un día puede definir una biografía, y en Carrillo es el 23-F. Si se hubiera anunciado que absolutamente todos los diputados se echaron al suelo a la orden de Tejero, no hubiera habido nada que reprocharles. Al saber que tres se negaron, estaba claro que el líder comunista figuraba entre ellos. Evitaba cuidadosamente criticar a quienes se inclinaron ante los golpistas, porque “actuaron como los soldados en la guerra, que se agachan al oír los disparos”. Y no le preocupaba que esta interpretación rebajara su coraje, “porque yo pensé que podían matarme si querían, pero no reírse de mí”. La flema inglesa, una cualidad no muy apreciada en el hombre que ganó porque siempre perdía.
Publicado: 3/08/2012
Rajoy no da los “buenos días” si no puede leer la frase en un papel, con tipografía apreciable. Su oratoria con báculo alienta el resquemor de que su discurso ha sido redactado en alguna de las instituciones que más menciona, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Se refiere a ellos con más frecuencia y veneración que a España, un Gurb alienígena tendría dificultades para averiguar el nombre del país presidido por el líder del PP. A falta de concretar la intervención económica, el rescate argumental ya se ha producido. El Gobierno no efectúa una sola declaración que no esté visada por la troika de los hombres de negro.
Los expertos debaten encendidamente si Europa dispone del fuelle necesario para rescatar a España. Si al peso muerto del país en cuestión se le añade el lastre de su presidente del Gobierno, la salvación adquiere el rango de utópica. Es más fácil acometer el socorro íntegro español que empeñarse en el rescate de Rajoy. El gobernante en cuestión empeora la operación desde la abulia. No quiere demostrar que la situación es difícil y que su ejecutivo puede solventarla, sino que no pasa nada. Con el país en bancarrota, efectúa un recorrido por su labor que incluye el orgullo por un Plan Nacional de Turismo, donde hasta la denominación posee tintes franquistas.
Rajoy no aclara si tendrá que leer “Guten Morgen” en vez de “buenos días” pero, ante la desesperante ausencia de ideas propias, descarga cada párrafo en “todo el mundo sabe” y “todo el mundo dice”. Así escamotea su responsabilidad, se esconde detrás de la humanidad entera para descargar sobre lomos ajenos la responsabilidad de su Gobierno en la zozobra de Europa. No despertó entusiasmo desde la humildad pretérita, y mucho menos desde el engreimiento actual. Le adorna la virtud de hablar de todo aquello que no interesa a los ciudadanos, desde una falta de empatía robótica o clasista según la inclinación del analista. Ningún gobernante occidental asociaría el padecimiento de “muchas familias y muchas empresas”, además de obviar a los trabajadores con prima de riesgo de paro.
El gesto de estupor que esboza Rajoy –”qué necesidad tengo yo de hablarle a esta gente”– se contagia al espectador, convencido de hallarse ante un personaje que describiría un caballo a partir de un automóvil, con patas en vez de ruedas. De hecho, el presidente no entiende la mayoría de cosas que pretende estar explicando, como el cambio en los signos de los EREs. Resulta curioso que el gobernante más opaco de la democracia presuma de la ley de Transparencia. Máxime cuando la citada norma ni siquiera le obliga a explicar su agenda como presidente del Gobierno. Bromear con “la famosa prima de riesgo” refleja la ausencia de la realidad de quien está dispuesto a sacrificar la vida para que florezca un sarcasmo.
“Buena parte de las cosas que pasan aquí dependen de las decisiones que se adoptan en otros sitios”. Y a partir del entreguismo, se echa a dormir. Se siente satisfecho por que “hoy no es posible atender las peticiones que hacen los ciudadanos”, lo cual elimina buena parte de su cometido profesional. Después del consejo de ministros se limita a ofrecer un popurrí de sus escasas intervenciones previas, olvidando de nuevo que no es un espectador de desastres ajenos, sino el foco de una hoguera que amenaza con la combustión planetaria. Hablar de “los problemas que tienen algunas economías, entre ellas la nuestra”, oscila entre la inconsciencia y la pereza antropológica.
Ha incumplido todas sus promesas electorales, con “medidas que no son populares”. En efecto, porque ninguna de ellas figuraban en el programa del PP. Rajoy se refugia ahora en que “no prometimos milagros”, cuando su sola presencia en?La Moncloa es probablemente el mayor prodigio obrado por la política contemporánea. Su despedida final –”el que pueda, feliz verano”– delata a un gobernante que dejó de tener gracia sin haber sido nunca gracioso.
Publicado: 11/07/2012
En la versión acelerada y de bolsillo del Debate del?Mal Estado de la Nación, Rajoy habla de los datos económicos como si fueran meteorológicos. Se quedó a un paso de las expresiones “castigo divino” o “plaga bíblica”. El delegado del Gobierno de Bruselas en La Moncloa confirma que no ha hecho nada. Más IVA, que sigue dando cero. Reconoce que no se aprecia mejoría a ocho meses de las elecciones, y siete de su proclamación. La reforma laboral ha sido una ley de despidos, la reforma financiera fue ridiculizada ayer mismo por la Unión Europea.
Para contribuir al ambiente navideño, Rajoy suprime –o suspende, que es como ajuste a recorte– la paga extra de los funcionarios. La medida contaminará a todos los trabajadores y supone una rebaja salarial del siete por ciento. La cifra ahorrada por este concepto supone una sexta parte del rescate público de Bankia, y a buen seguro se destinará a enmendar despilfarros bancarios. Simultáneamente, el PP y sus ministros se pronuncian masivamente contra la investigación judicial de Bankia y demás desafueros.
Rajoy se ha cargado las rebajas navideñas, las cenas de fin de año y los regalos de amor eterno. Los funcionarios tendrán que convencer a sus hijos de que los reyes no son los papás, que busquen en otra parte. Más IVA, otro impuesto no progresivo y concebido para incentivar el ahorro y frenar la euforia del consumo. El Gobierno recuerda que en Francia pagan más valor añadido, pero omite que el salario mínimo francés dobla al español –1.300 euros a 640–, y que Hollande ha prometido subirlo, mientras Rajoy aligera la prestación del paro. Y en un gesto irresponsable, el presidente del Gobierno retoma la peseta para agravar el déficit a billones. Un mensaje de tranquilidad a los mercados sobre el futuro del euro.
La realidad está en otra parte, como dicen Kundera y Merkel. Mientras Rajoy entretiene a los ciudadanos, Bruselas monta un rescate soberano o un soberano rescate. Ante las alarmantes cifras de ocupación, la troika UE/FMI/BCE ocupa España. En el rescate bancario, el Memorandum of Understanding o MOU es más duro que el otro Mourinho. Sobre los periodistas siempre pende la sospecha de la exageración, pero ni un enemigo bélico se expresaría tan despectivamente. El doctor House no trata ni al más irresponsable de sus pacientes con la desconsideración que Europa reserva para España.
Y como el formato apresurado no está reñido con la erudición, donde?Rajoy anunció ayer que las condiciones del rescate “afectan exclusivamente a las entidades financieras que reciban estas ayudas”, el primer párrafo del MOU le contradice flagrantemente. Allí se lee que “España tendrá que cumplir plenamente sus compromisos y obligaciones, así como las recomendaciones sobre sus desequilibrios económicos. El progreso en estas obligaciones será vigilado muy de cerca” por la troika. ¿Se presentaría Rajoy ahora a las elecciones?, ¿sigue ahí?
Publicado: 21/06/2012
Para alcanzar la cima de una institución como el Tribunal Supremo, se precisa un temple que no admita la hipótesis de que una gira turística gratis total reporte la pérdida de la suprema dignidad, palabra inapropiada en el caso de Carlos Dívar. Ni el PP ni el PSOE?deseaban la decapitación del Consejo General del Poder Judicial. No se inhibían por prudencia, sino porque los dirigentes de ambos partidos en retroceso compartían prebendas con el primer responsable de un poder del Estado destituido desde la calle, la principal víctima de la crisis.
En la colisión entre indignados e indignos polarizada en el presidente del Supremo, populares y socialistas se han visto obligados a transigir. Culmina así con cierta parsimonia el aprendizaje español de la conjugación del verbo “dimitir”. La calle es brusca, plebeya y malhablada, pero las estrecheces que sufre le han concedido la claridad de una navaja. Ha entendido que una expulsión radical del cargo es más efectiva que una condena diferida de los tribunales. De ahí que los exabruptos de Dívar al dimitir sean como los manotazos de un bebé que no identifica a su enemigo. Fuenteovejuna, señor.
Dívar fracasó incluso en su intento de un abrazo agónico con el rey de Botsuana, que descargó la humillación en el heredero. El presidente del Supremo confirma la propensión de los políticos a elegir a cargos que desconocen el tiempo que habitan. Los patéticos esfuerzos de Gallardón, ávido por preservar la efigie cuarteada del dimitido, equivalen a considerar que no se debían adoptar medidas contra Dívar porque suponían un golpe a la hostelería de lujo.
Dívar se incorpora a la relación de Camps, Bárcenas y otros dimitidos ilustres. Iba a añadir que son inolvidables, pero he tenido que consultar el nombre de pila de Luis Bárcenas, y dejo como examen al lector sus cargos y hazañas. En efecto, de aquí a dos semanas nadie leerá un artículo sobre el presidente del Supremo. La dimisión, aunque sea forzada por la calle, cumple el mismo papel higiénico que la quiebra de las empresas fracasadas en el antiguo sistema capitalista, cuando los ciudadanos no tenían que abonar las facturas de quienes no habían sabido gestionar su compañía.
Dívar no ha tenido la decencia ni de considerar inconvenientes sus dilatados fines de semana, otro síntoma de extraterrestre que desaconsejaba su continuidad al frente de una institución terrenal. En su defensa, y ahora que ya nadie va a escucharle, el presidente del Supremo presumirá de que fue exonerado por el mismo Supremo, con todos los pronunciamientos favorables. Por desgracia, cualquier pronunciamiento del alto tribunal viene adobado por la cautela “¿qué decisión hubieran tomado en el mismo caso, si el investigado fuera Garzón?”
Publicado: 10/06/2012
Es difícil titular esta entrega sin incurrir en la ofensa. “Rajoy no tiene vergüenza” significa que figura entre los pocos españoles que no se sienten avergonzados al ser obligados a mendigar ayuda exterior para bancos insensatos, pero el enunciado podría pecar de equívoco.
“Rajoy es un irresponsable” se refiere a que no da respuesta a las incógnitas del rescate, y también a que se comporta como si Europa le debiera algo, cuando acaba de contraer una deuda de cien mil millones que negaba hasta anteayer. Podríamos probar con “Rajoy es un frívolo”, porque abandona la partida desplumado y se vanagloria de que “el que he presionado he sido yo”.
Sin embargo, hasta la frivolidad requiere un principio de energía y de iniciativa, improbables en el personaje. En efecto, nos hemos inclinado por el más tibio de los titulares posibles, pueden atribuirlo a los residuos del periodismo complaciente –y responsable incluso para juzgar a los irresponsables– que exigía el papel. “Rajoy sólo tiene agenda deportiva” se refiere a que únicamente explica con todo detalle la programación de los goles y los sets de los atletas españoles.
En cambio, carece de programa político y su resumen de la mayor crisis económica de la historia de España es “un problema que está ahí”. De Guindos contestó desairado el sábado a una pregunta sobre la ausencia de Rajoy en la explicación del rescate. Debió limitarse a constatar que era innecesaria la presencia de un jefe de Gobierno que define la situación en que “estamos donde estamos”.
El único dato concreto de la tardía comparecencia del presidente establece que se reúne con sus colegas europeos en los descansos de los partidos de fútbol, apenas un cuarto de hora de trabajo para justificar un desplazamiento a Polonia en medio del desastre. A pesar del optimismo numantino de Rajoy, la crisis es demasiado seria para dejarla en manos de los futbolistas españoles. La intervención de ayer mostró a un presidente de Gobierno que se reía de Europa, pero su estilo “opaco” –New York Times– ha traspasado fronteras y encarece la deuda española.
El presidente del Gobierno se halla muy cerca del interrogante que acosó en el Reino Unido al anodino John Major, “¿para qué sirve Rajoy?” En efecto, sería otro excelente titular.
Publicado: 17/04/2012
Si lo hemos entendido bien, una empresa como Repsol puede rebajar el sueldo a sus trabajadores modificando unilateralmente las condiciones de un contrato, y todo ello por gentileza de la reforma laboral de Rajoy. Por lo visto, el criterio se hace más doloroso cuando la violación contractual se descarga, también a traición, contra los ejecutivos y el accionariado –un pelotón de viudas escocesas– de un gigante petrolero. La moraleja es diáfana, no habrá salvación de la crisis para unos privilegiados. La tercera clase del ‘Titanic’ ha salido respondona. O todos o ninguno.
En su alocución enardecida, Fernández de Kirchner no atribuyó la expropiación de Repsol a la rigidez del mercado laboral español. Antes al contrario, señaló con casi todas las letras a uno de sus patronos más preclaros. Al vincular la suerte de la petrolera con el VACIADO de Aerolíneas Argentinas, nombraba sin nombrarlo a Gerardo Díaz Ferrán. Es un buen momento para repasar las simpatías que desataba a izquierda y derecha este empresario dicharachero y jacarandoso. Un hombre que se vestía por los pies, con lo que hay que tener, un derroche de virilidad que entró en Argentina como un elefante en una cacharrería, por seguir con el animal totémico. Quienes mantuvieron artificialmente al líder de Marsans en el trono de la CEOE, deben una mínima explicación.
Repsol paga las facturas de Díaz Ferrán, el arquetipo del hombre de negocios que ha llevado a España a su situación actual. Cuando la demagogia de los políticos desacreditados halla mejor acogida que las evidencias de las leyes del dinero, los líderes de la economía tienen algún motivo para revisar su comportamiento. En el vecindario, la mayoría de candidatos al Elíseo basan su campaña en la prioridad de los derechos de los ciudadanos franceses sobre la actividad económica en Francia. La omnipotente globalización está siendo contestada por el proteccionismo que olisquean los campeones del populismo. Antes de pronunciarse sobre el eterno dilema local/global, recapacite sobre el peligro de que su puesto de trabajo sea deslocalizado. Y no dude de que un gurú de la economía o un gobernador del Banco de España culparán de la suerte de YPF a los trabajadores españoles, para exigir un nuevo recorte unilateral de sus derechos.
Publicado: 30/03/2012
Si los sindicatos son realidades decimonónicas, combatirlos incurre en idéntico anacronismo. La lógica tiene difícil asiento en la peripecia de Esperanza Aguirre, obligada a repartir sus mandobles entre la izquierda de ‘Novecento’ y la derecha de Rajoy/Gallardón. Enfrascada en la lectura única de números atrasados de ‘ABC’, la presidenta de todos los madriles vaticina que las organizaciones sindicales se desplomarán “como cayó el Muro de Berlín”, sin reparar en que ambos acontecimientos coincidieron en un pasado lejano, antes incluso de que ella fuera la inexplicable ministra de Cultura. Por su pedigrí, debiera preocuparle más que España corra el riesgo de hundirse “como cayó Wall Street”, una metáfora tan poco castiza.
La impronta de los sindicatos debe ser por fuerza más visible en la huelga que en las manifestaciones posteriores, que funcionan por el mecanismo de adhesión espontánea o aluvión. Al margen de la bizantina discusión sobre la incidencia del paro, la muchedumbre en las calles alcanzó el jueves proporciones de vértigo. Salió a protestar uno de cada veinte españoles o, en la comparación que favorecería el presidente de Mercadona ávido por un mercado laboral pekinés, el equivalente a que se manifestaran setenta millones de chinos. Por lo tanto, la convocatoria triunfó donde los ciudadanos empuñan el timón y las entidades sindicales aportan la coreografía y el acompañamiento. El futuro de la huelga general es una combinación entre la internet del aire acondicionado y la interrelación al aire libre. Del Muro de Berlín al muro de facebook.
No son los sindicatos, son los ciudadanos. Aguirre deberá calibrar el grado de desesperación de los consumidores consumidos, cuando se alinean incluso junto a unos sindicatos que no inspiran excesiva confianza. Al fin y al cabo, los créditos se piden a bancos, las instituciones más desacreditadas y culpables de la crisis en el inconsciente colectivo, según el CIS. De paso, el Gobierno puede aprender de la lección de suavidad en las formas o ‘understatement’ que han exhibido Méndez y Toxo durante la preparación y culminación de la huelga general. Sin alzar la voz, como si hubieran contratado a los asesores de imagen de Obama. Aunque la ciudadanía protestaba por su cuenta, UGT y CCOO han tenido la virtud de no empeorar su leyenda, algo que cuesta afirmar de los partidos. El de Aguirre ha decidido que, cuando te abandonan tus conciudadanos, debes buscar comprensión en Bruselas. Muy siglo XIX.
Publicado: 29/03/2012
Así transcurre el día en que sólo hablamos de la huelga, para decir que estamos hartos de hablar de la huelga. El Gobierno confiaba en que Asturias y Andalucía extinguieran la hoguera laboral, pero el norte y sur de un país bipolar atizaron el fuego de la resistencia. Por desgracia, las huelgas son elecciones sin recuento, en las que se alcanza la verdad mediante sondeos, y ya vimos que ocurría el domingo con las catas electorales previas.
El número de huelgas generales y de elecciones generales oscila en el mismo rango. Descartada la excepcionalidad, la búsqueda de emociones se ceba en preludiar desórdenes públicos. La palabra fetiche es silicona, el dopaje de la huelga porque aumenta su rendimiento por medio de sustancias químicas. Es un recurso contraproducente, los sindicatos no precisan sacar pecho siliconado, el aporte metabólico desvirtúa un resultado aceptable a secas. Nunca sabremos si Ben Johnson también hubiera derrotado a Carl Lewis sin hormonas. Por no hablar de la frustración que embarga a los empresarios que han podido levantar la persiana sin obstáculos. Se sienten marginados.
Con Rajoy en los juegos de Seúl, el PSOE convaleciente emite un aséptico parte médico en labios de Soraya Rodríguez. “Entiende las razones que justifican esta convocatoria”, equivalente a “el enfermo permanece en observación”. Por tanto, la huelga es un duelo en varios sentidos de los sindicatos contra sí mismos. Han elegido la sobriedad y el bajo perfil, conscientes de que comparten la diana de la irritación ciudadana. Y como no hay blog sin riesgo vaticinador, lo mejor está al llegar con las manifestaciones vespertinas. La huelga en general tiene más simpatizantes que militantes, y aflorarán en las calles primaverales. Estaremos aquí para contarlo.
Publicado: 8/03/2012
Debo a los enemigos del edificio de Gesa un afecto creciente hacia el paralelepípedo acristalado que inspiró los pavores de nuestra adolescencia. Es una copia apreciable, y con notable recorrido tras la oportuna rehabilitación. Una sentencia liviana lo acaba de desproteger, cuando nadie nos protege de la prisión de máxima seguridad del?Palacio de Congresos, que daña irreversiblemente la perspectiva palmesana. El veredicto me preocupa menos que el edificio después de Gesa, aunque los apellidos Núñez y Navarro resulten tranquilizadores, porque esta excelsa pareja de arquitectos mejora sin duda al indígena José Ferragut.
Concluye la sentencia que los representantes de los mallorquines en el Consell decidieron impecablemente la catalogación. Debe ser la única medida legal de la etapa de PP/UM, pero a continuación se valora “si el edificio en cuestión es merecedor de protección”. Al amparo de los peritos de los artistas Núñez y?Navarro, se obtiene una negativa. Se descarta su inclusión en el movimiento moderno que caduca en 1959, “por cuanto su proyección y construcción data de 1977”. En realidad, su “proyección y construcción” data de una década atrás. Curioso error, aparte de que la tesis aconseja quemar los cuadros de Antonio López, fuera de temporada.
Agregan los peritos más valiosos que el voto popular que “un caballo pintado a rayas no es una cebra”. En efecto, y “el retrato a rayas de una mujer sobre un lienzo no es una mujer”, así que quemaremos la Mona Lisa. Rematan su incontestable tarea con la lección a los incultos nativos de que “no hay buenos arquitectos, sino buenos proyectos”. Amén, y como también hay “malos picassos”, más material para la hoguera. Será una casualidad, pero en la cadena de demandantes, funcionarios judiciales y peritos escalonados para la descatalogación no figura un solo mallorquín que haya convivido sensorialmente con esta construcción, requisito básico para condenarla. Cosas así jamás sucederían en Cataluña o el?País Vasco. A falta de orgullo, a mí me gusta hoy un poco más el edificio de Gesa.
Publicado: 22/11/2011
Publicado: 21/11/2011
Publicado: 20/11/2011
Publicado: 20/11/2011
Aceptamos con docilidad que Merkel y Sarkozy derriben a primeros ministros en Italia y Grecia, porque los autores de la demolición son al fin y al cabo gobernantes democráticos, sometidos a escrutinio. Demos una vuelta de tuerca a la anómala situación. ¿Qué sucederá cuando sea China, la ubre financiera global, quien ordene a países europeos como España que no pierdan el tiempo votando, porque urge nombrar un Gobierno técnico a base de contables, militares y meteorólogos? En el futuro no tenemos garantizado ni el voto, la democracia es un sistema para ricos y el vaciamiento de las clases medias en un pozo de desigualdad amenaza sus cimientos.












